En su película, que se emitirá este viernes en el canal Encuentro, el cineasta mira la dictadura a través de los cuerpos que, luego de ser arrojados, devolvía el mar. “Es una mirada regional, a partir de los costeros”, dice.
En diciembre de 2001, mientras el país estallaba con la salida anticipada del gobierno de Fernando de la Rúa, Pablo Torello concluía un ciclo lectivo más del Seminario de Producción Documental que dicta todos los años en la Universidad Nacional de La Plata. Justo al finalizar la cursada, dos alumnos oriundos de localidades de la Costa Atlántica se acercaron al docente para proponerle realizar una investigación con testimonios sobre la aparición de cuerpos en las playas de Santa Teresita, Mar de Ajó y San Clemente entre 1976 y 1978, durante la dictadura encabezada por Jorge Rafael Videla. A Torello le interesó la propuesta y, a través del Centro de Producción Audiovisual de la UNLP, decidió poner en marcha la investigación junto a un equipo, con la idea de realizar un documental sobre los cuerpos que devolvía el mar después de ser arrojados por los militares desde aviones en los denominados “vuelos de la muerte”. Así surgió la posibilidad de “armar una película sobre la dictadura con algunas características distintas: en principio, regionalizada y contada a través de personajes costeros, con algunas características muy particulares, pero que no eran aquellas voces de organismos de derechos humanos que hasta ese momento venían contando la historia, al menos en los pocos documentales que había hasta esa época”, relata Torello en diálogo con Página/12.
Torello también señala que esa idea de contar las aberraciones de la dictadura “con un punto de vista nuevo y singular se transformaba en una investigación muy frondosa y al final inconclusa: empezábamos a construir lo que llamamos el circuito de la muerte, que era la posibilidad de unir aquellos relatos de testigos directos como eran los habitantes costeros que habían visto aparecer decenas de cuerpos en diciembre del ’76, ’77 y ’78 con una línea que la burocracia del Estado terrorista seguía dejando huellas, como dice el antropólogo Carlos Somigliana en la película”. La ruta que indica Torello comenzaba con la aparición de los cuerpos y “una orden judicial se iniciaba. El policía de la costa iniciaba un sumario y llamaba a los bomberos para que recogieran el cuerpo. Lo trasladaban al hospital municipal. Al día siguiente, en camiones municipales (obviamente el municipio en manos de un intendente puesto por la dictadura), eran enviados al cementerio de General Lavalle”.
Este recorrido es narrado en Playas del silencio, un documental cuya filmación se inició a fines de 2001, se estrenó en 2003 y se reestrenó en 2005 con el título cambiado: Historias de aparecidos, que el canal Encuentro emitirá el viernes 24 a las 23 (repite domingo 26 a las 1 de la mañana). A Historias de aparecidos, entonces, el director le incorporó siete minutos más: es que a fines de 2004 y comienzos de 2005, el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) exhumó algunas de las tumbas en el cementerio de General Lavalle y reconoció la identidad de los cuerpos de las Madres de Plaza de Mayo Azucena Villaflor, Esther Ballestrino de Careaga y María Eugenia Ponce, de la militante Angela Auad y de la monja francesa Léonie Duquet.
Si en el primer tramo de Historias de aparecidos, distintos ex detenidos-desaparecidos cuentan su experiencia terrorífica en manos de los torturadores de la ESMA (Pérez Esquivel, por ejemplo, narra el episodio en que estaba en un avión listo para ser arrojado al mar y por presiones internacionales no lo tiraron), la segunda mitad de Historias... se mete de lleno con la investigación propiamente dicha: distintos pobladores y testigos directos como bomberos del Partido de la Costa recuerdan la aparición de los cuerpos en las playas bonaerenses. Los primeros aparecieron en diciembre de 1976. Los bomberos voluntarios de Santa Teresita recogieron de las playas de su jurisdicción (que abarca La Toninas, Santa Teresita y Mar del Tuyú) 33 cadáveres desnudos, “sin genitales, algunos cráneos presentaban signos de haber sido ejecutados. Muchos estaban destrozados, los pechos cortados, atados, quemadas las yemas de los dedos. Faltaban partes de las dentaduras”, según se señala en el documental.
Historias... relata también que en aquella época camiones municipales cargaron algunos cuerpos y los llevaron al cementerio de General Lavalle. Uno de los testimonios más estremecedores es el de un sepulturero que cuenta que su hermano le había dicho que iba a llegar un camión con cadáveres, pero que ellos no debían hacer nada: “Vino personal del municipio para hacer la fosa común”, recuerda. Durante la investigación, el equipo se dirigió al Juzgado Federal de Dolores “que instruía estas causas. Y en el juzgado, por alguna secretaria cansada de tanto olvido, tuvimos la posibilidad de acceder a las fotos de los cuerpos, tal cual aparecían, y que son incluidas en la película, lo más lejos del morbo posible”, relata Torello, al tiempo que señala que tomó una decisión como realizador “en el momento de incluir los cuerpos destrozados, esas fotos forenses. Tomé una decisión de poner a los desaparecidos como aparecidos. No con esas fotos de las pancartas de las Madres cuando ellos estaban vivos ni tampoco las de aquellos huesos de las exhumaciones en la democracia. Yo digo: ‘Esta es la foto del desaparecido aparecido en su mismo estado de desaparición: torturado, vejado. Esa fue una de las decisiones más fuertes que tomé’”, asegura Torello.
–En la primera parte del documental los ex detenidos-desaparecidos brindan el contexto histórico y su terrible experiencia en la ESMA, mientras que en la segunda parte el film se mete de lleno con la investigación de los cuerpos. ¿Por qué lo pensó así?
–De una u otra manera, la idea de la película era construir una línea en donde podíamos definir que hubo una dictadura, que hubo una represión ilegal, que dentro de esa represión ilegal hubo desapariciones forzadas de personas, que esas desa-pariciones forzadas eran sistemáticas. Y así llegamos a la ESMA. Nosotros, en la investigación, a través de testimonios de historiadores y de ex detenidos-desaparecidos focalizamos que había sólo dos lugares desde donde los vuelos partían. Los vuelos no partían de El Olimpo o de El Vesubio, sino que había una centralización en Campo de Mayo y en la ESMA. Es decir, aquellos lugares que tenían acceso al vuelo. Entonces, a partir de ahí, como con Campo de Mayo teníamos poca accesibilidad a testimonios directos, nos inclinamos por los de la ESMA. Ahí testimonian Víctor Basterra, Graciela Daleo, Miriam Lewin, entre otros. Y a partir de la ESMA, empezamos a construir el circuito del “vuelo de la muerte”. Nosotros, al llegar a las playas, queríamos trazar estas certezas: hubo dictadura, hubo desaparición forzada, hubo una sistematización en esto y hubo vuelos como parte de esa desaparición forzada. Obviamente, arrancamos con el libro de Horacio Verbitsky donde el victimario propone certificarlo.
–¿Los vecinos que cuentan minuciosamente la aparición de cadáveres en las costas se dieron cuenta en su momento de lo que estaba pasando o lo pudieron reconstruir muchos años después?
–Yo creo que lo pudieron reconstruir muchos años después en dos lugares. En principio, en el miedo que tenían para contarnos las cosas en el 2002 (estamos hablando de unos cuantos años de democracia). Y después que la película se estrenó y produjo lo que produjo.
–¿El dato que los llevó al cementerio de General Lavalle, donde hubo enterramientos clandestinos, surgió de los testimonios que recogieron o usted y su equipo manejaban alguna hipótesis previa?
–El equipo de alumnos que investigaba en la película ya sabía. Si una persona común va a las actas de Bomberos de Mar de Ajó, Santa Teresita y San Bernardo de aquella época se va a encontrar con los mismos documentos que nosotros. Esto los alumnos ya lo tenían. También tenían el contacto de que había causas y habían visitado previamente el cementerio para saber que, abriendo el libro de sepulturas, se veía un NN cada cuatro o cinco carillas, pero al llegar a esos diciembres del ’76, ’77 y ’78 los NN se empezaban a multiplicar por 14 o 15 por carilla.
–¿Qué les brindó el juzgado de Dolores?
–En el juzgado nosotros accedimos a aquellas causas que habían sido iniciadas en el momento de aparición de los cuerpos, suponiendo la existencia de un naufragio. El Estado terrorista fue dejando huellas a través de su Estado burocrático.
–¿Hubo una presentación judicial en su momento que acompañara este documental?
–No, no hubo una presentación judicial porque cualquier familiar de desaparecidos se podía presentar con la película como damnificado a pedir exhumaciones. Elegimos más buscar entre antropólogos que veíamos, como Carlos Somigliana o Alejandro Inchaurregui, con sobrevivientes, militantes o referentes de derechos humanos como Estela de Carlotto y Víctor Basterra. Elegimos más construir un universo de certezas de qué era lo que teníamos nosotros en la mano antes que iniciar una causa.
–¿Considera que el hecho de que esta película se emita por televisión puede ayudar a que más gente se entere del sistema clandestino de torturas, asesinatos y desapariciones que implementó la dictadura?
–Sí. Tengo una anécdota con respecto a eso: mi hija cumplía catorce años cuando la película, a través del Ministerio de Educación de la Provincia de Buenos Aires, llegaba a todas las escuelas bonaerenses, justo cuando se cumplían treinta años del golpe. Y ella les contaba a los amigos que iban a ver la película del padre. Eran chicos que habían vivido toda su vida en democracia. Y tras la sorpresa, el debate posterior se desarrollaba en estas generaciones. Además, considero que el Estado, en su situación de pensar qué es lo que tenemos que ver por televisión, debe inducir de una u otra manera la revisión de la historia. Tampoco tenemos que creer que lo único que tenemos que revisar es el pasado de la dictadura, sino también el pasado inmediato de los ’90. También habría que hacer un trabajo sobre lo que pasó hace un año con la Resolución 125, por ejemplo. Creo que la idea del documentalista y la idea de los medios de comunicación que estén en manos del Estado (no del oficialismo) tiene que ver con aportar a construir una sociedad mejor.
–¿Cree que la confesión de Scilingo acerca de la existencia de los “vuelos de la muerte” permitió exponer una verdad irrebatible frente a los argumentos de parte de la sociedad que desconfiaba de las atrocidades de la dictadura?
–Sí. Ese sería el referente mediático junto con el mea culpa de Balza en el programa de Grondona que fue por esa época también. Ahora, creo que ahí había una cuestión generacional y epocal en donde la sociedad llegaba a veinte años del golpe, en donde los hijos de desaparecidos empezaban a cumplir veintipico. Para llegar a esa situación fue fundamental el rol que los organismos de derechos humanos jugaron a lo largo de esos veinte años. O periodistas que, a lo largo de veinte años, escribieron sobre esto. Ojalá yo hubiese estado veinte años haciendo películas de esto.
–A pesar de las declaraciones de Scilingo, ¿cree que hay resistencia de parte de ciertos sectores para consolidar la construcción de la memoria?
–Sí. En estos días, digo que sí más que nunca. Hoy, a la distancia, viendo la forma en que se están discutiendo los modelos de país en danza, realmente creo que hay mucha hipocresía. Con lo que pasa en el ’55, lo que pasa en el ’76 y lo que pasa con el conflicto con los sectores del campo, uno podría poner el espejo a 45 grados y encontrar ahí una copia bastante transparente.
miércoles, 22 de julio de 2009
martes, 21 de julio de 2009
Los crímenes de Mansión Seré
EL JUEZ RAFECAS DETUVO E INDAGO AL BRIGADIER MIGUEL OSSES
Osses organizó la represión en la Fuerza Aérea, pero hasta ahora sólo había sido citado como testigo. Se ocupó de la zona de Merlo, Moreno y Morón, donde funcionó Mansión Seré, entre varios otros centros clandestinos.
Fue el encargado de organizar la represión durante la última dictadura en la Fuerza Aérea. Pero hasta ahora sólo había ido a tribunales como testigo. En 1985 declaró en el juicio a los ex comandantes y el año pasado lo hizo en el proceso contra dos de sus subordinados, los brigadieres Hipólito Mariani y César Comes. Allí ratificó que a partir de junio de 1976 la Aeronáutica se hizo cargo de la “lucha contra la subversión” en la zona oeste del Gran Buenos Aires por medio del grupo de tareas 100, que él formó. Por ese testimonio, el brigadier mayor Miguel Angel Osses fue denunciado por el fiscal Félix Crous. Ayer fue detenido por orden del juez federal Daniel Rafecas, a cargo de la investigación por los crímenes cometidos en jurisdicción del Primer Cuerpo de Ejército.
El 24 de septiembre del año pasado, Osses admitió ante el Tribunal Oral Federal 5 que el ex general Carlos Guillermo Suárez Mason le pidió “por razones de carencia de personal” (del Ejército) a la Fuerza Aérea encargarse de “las funciones antisubversivas” en la subzona 16, que abarcaba los partidos de Merlo, Moreno y Morón. En esa zona había dos grandes bases aéreas: la de Morón y la de El Palomar. Osses, según su propio relato, fue comandante de Operaciones Aéreas y de las Agrupaciones de Marco Interno de la Fuerza Aérea. En el marco de esta segunda función es que, según dijo, elaboró “un estudio preliminar” en el que advirtió “dos aspectos negativos”: falta de personal y “de formación profesional” de los integrantes de su fuerza. Pero se decidió “seguir adelante”. Así fue, narró, que “formamos el cuerpo de la orden de operaciones Provincia”, que “creó la Fuerza de Tareas 100 con la tarea de defender el nuevo territorio que se cedía a la Fuerza Aérea, que tenía, entre otras misiones, contrarrestar cualquier propaganda del sector subversivo”.
El ex jefe aeronáutico, que dependía directamente del ex comandante de la Fuerza Aérea Orlando Ramón Agosti, sostuvo que entre las funciones del grupo de tareas estaba la de “ver si había gente con armas en las villas de emergencia”, para lo cual realizaban “patrullajes intensos” con el objetivo de “obtener información temprana y alertar ante probables ataques subversivos”.
Rafecas le imputó a Osses un centenar de secuestros y hechos de torturas cometidos en la Subzona 16 del Cuerpo I. El represor es responsable de los delitos de lesa humanidad que se produjeron en los centros clandestinos Mansión Seré, Primera Brigada Aérea de El Palomar, la VII Brigada Aérea de Morón, las comisarías de Castelar, de Haedo y la Primera de Morón. Todos estos lugares fueron inspeccionados durante el transcurso de la investigación por el magistrado, junto con testigos y sobrevivientes.
Aunque reconoció su responsabilidad mediata y como organizador, en el juicio contra Comes y Mariani Osses buscó despegarse de los ejecutores. Aseguró que la primera mención a la “Mansión Seré” la escuchó “en marzo o abril de 1978, cuando el jefe de la VII Brigada Aérea (Comes) me vino a informar que una propiedad que era aparentemente de la Fuerza Aérea había sido destruida”.
La casona, en realidad, fue incendiada y demolida por los propios represores luego de que el 24 de marzo de 1978, en coincidencia con el segundo aniversario del golpe militar, Claudio Tamburrini, Daniel Rusomano, Guillermo Fernández y Carlos García, que estaban secuestrados en el lugar, lograron fugarse.
Osses se negó a declarar ante Rafecas, y aunque lo que admitió como testigo no pueda ser usado para inculparlo, el extenso documento “Orden de operaciones Provincia 2/76”, donde consta el plan de la Fuerza Aérea para “luchar contra la subversión” y su vinculación con las otras fuerzas, garantiza que no recuperará su libertad. Comes y Mariani, que estaban bajo su órbita, fueron condenados el año pasado a 25 años de prisión.
Osses organizó la represión en la Fuerza Aérea, pero hasta ahora sólo había sido citado como testigo. Se ocupó de la zona de Merlo, Moreno y Morón, donde funcionó Mansión Seré, entre varios otros centros clandestinos.
Fue el encargado de organizar la represión durante la última dictadura en la Fuerza Aérea. Pero hasta ahora sólo había ido a tribunales como testigo. En 1985 declaró en el juicio a los ex comandantes y el año pasado lo hizo en el proceso contra dos de sus subordinados, los brigadieres Hipólito Mariani y César Comes. Allí ratificó que a partir de junio de 1976 la Aeronáutica se hizo cargo de la “lucha contra la subversión” en la zona oeste del Gran Buenos Aires por medio del grupo de tareas 100, que él formó. Por ese testimonio, el brigadier mayor Miguel Angel Osses fue denunciado por el fiscal Félix Crous. Ayer fue detenido por orden del juez federal Daniel Rafecas, a cargo de la investigación por los crímenes cometidos en jurisdicción del Primer Cuerpo de Ejército.
El 24 de septiembre del año pasado, Osses admitió ante el Tribunal Oral Federal 5 que el ex general Carlos Guillermo Suárez Mason le pidió “por razones de carencia de personal” (del Ejército) a la Fuerza Aérea encargarse de “las funciones antisubversivas” en la subzona 16, que abarcaba los partidos de Merlo, Moreno y Morón. En esa zona había dos grandes bases aéreas: la de Morón y la de El Palomar. Osses, según su propio relato, fue comandante de Operaciones Aéreas y de las Agrupaciones de Marco Interno de la Fuerza Aérea. En el marco de esta segunda función es que, según dijo, elaboró “un estudio preliminar” en el que advirtió “dos aspectos negativos”: falta de personal y “de formación profesional” de los integrantes de su fuerza. Pero se decidió “seguir adelante”. Así fue, narró, que “formamos el cuerpo de la orden de operaciones Provincia”, que “creó la Fuerza de Tareas 100 con la tarea de defender el nuevo territorio que se cedía a la Fuerza Aérea, que tenía, entre otras misiones, contrarrestar cualquier propaganda del sector subversivo”.
El ex jefe aeronáutico, que dependía directamente del ex comandante de la Fuerza Aérea Orlando Ramón Agosti, sostuvo que entre las funciones del grupo de tareas estaba la de “ver si había gente con armas en las villas de emergencia”, para lo cual realizaban “patrullajes intensos” con el objetivo de “obtener información temprana y alertar ante probables ataques subversivos”.
Rafecas le imputó a Osses un centenar de secuestros y hechos de torturas cometidos en la Subzona 16 del Cuerpo I. El represor es responsable de los delitos de lesa humanidad que se produjeron en los centros clandestinos Mansión Seré, Primera Brigada Aérea de El Palomar, la VII Brigada Aérea de Morón, las comisarías de Castelar, de Haedo y la Primera de Morón. Todos estos lugares fueron inspeccionados durante el transcurso de la investigación por el magistrado, junto con testigos y sobrevivientes.
Aunque reconoció su responsabilidad mediata y como organizador, en el juicio contra Comes y Mariani Osses buscó despegarse de los ejecutores. Aseguró que la primera mención a la “Mansión Seré” la escuchó “en marzo o abril de 1978, cuando el jefe de la VII Brigada Aérea (Comes) me vino a informar que una propiedad que era aparentemente de la Fuerza Aérea había sido destruida”.
La casona, en realidad, fue incendiada y demolida por los propios represores luego de que el 24 de marzo de 1978, en coincidencia con el segundo aniversario del golpe militar, Claudio Tamburrini, Daniel Rusomano, Guillermo Fernández y Carlos García, que estaban secuestrados en el lugar, lograron fugarse.
Osses se negó a declarar ante Rafecas, y aunque lo que admitió como testigo no pueda ser usado para inculparlo, el extenso documento “Orden de operaciones Provincia 2/76”, donde consta el plan de la Fuerza Aérea para “luchar contra la subversión” y su vinculación con las otras fuerzas, garantiza que no recuperará su libertad. Comes y Mariani, que estaban bajo su órbita, fueron condenados el año pasado a 25 años de prisión.
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sábado, 18 de julio de 2009
LA INCREIBLE HISTORIA DEL TORTURADOR HONDUREñO QUE REAPARECIO TRAS EL GOLPE:Un represor en el gabinete de Micheletti
En 1982 Billy Joya encabezó un operativo en Tegucigalpa en el que fueron detenidos, secuestrados y torturados seis jóvenes estudiantes de la Universidad Nacional de Honduras. Hoy es ministro asesor del gobierno golpista.
El ex capitán del ejército hondureño Billy Joya es uno de esos oficiales formateados por y para la CIA y sus dictaduras latinoamericanas, tan siniestras como funcionales: becado en Chile en los ’70 por Augusto Pinochet, vinculado con el represor argentino Guillermo Suárez Mason como instructor para el montaje del Batallón de Inteligencia B3-16, ideólogo del escuadrón de la muerte que operó en Honduras en los ’80, asociado en esa misma década con el por entonces embajador en Tegucigalpa, John Negroponte, ex jefe de la CIA en Vietnam y cerebro en el montaje de la contra nicaragüense. En los ’90, a Joya le cayeron encima los juicios y las acusaciones por violaciones a los derechos humanos, asesinatos, secuestros y torturas y entonces se refugió en España, donde también se le inició un proceso.
¿Cómo un agujero negro se convierte en estrella? Bueno, con la oscuridad de un golpe de Estado. Así es como Billy Joya brilla, ahora, como ministro asesor del mandatario de facto Roberto Micheletti, nombrado por el Congreso el 28 de junio pasado, en un trámite tan burdo que incluyó la inolvidable lectura de una carta trucha “de renuncia” de Manuel Zelaya. Ese día iba a realizarse una encuesta para sondear la predisposición popular a una reforma constitucional, pero en la madrugada un grupo de militares encapuchados entraron a tiros en la residencia presidencial, secuestraron a Zelaya y lo deportaron a Costa Rica.
Como se vio aquí con otros represores, a Billy Fernando Joya Améndola le gustaba usar un alias: en la clandestinidad se hacía llamar “Licenciado Arrazola”. Fue jefe de la división táctica Batallón B3-16, el escuadrón de la muerte que operaba en tándem con la Dirección Nacional de Investigaciones, brazo represor del ejército. Entre 1984 y 1991 coordinó tareas con los “consejeros norteamericanos” y los “asesores argentinos”, en plena guerra sucia. Algo antes, en 1982, mientras era todavía subteniente, encabezó un operativo en Tegucigalpa en el que fueron detenidos, secuestrados y torturados seis jóvenes estudiantes de la Universidad Nacional de Honduras. También está acusado por una decena de asesinatos.
En octubre de 1995 un juzgado hondureño ordenó la captura de Joya y otros oficiales del ejército por el caso de los estudiantes torturados. El represor se fugó. Unos meses después, tras breve paso por Colombia, estaba refugiado en Sevilla, España. La orden de detención fue consecuencia de la denuncia hecha por la Fiscalía Especial de Derechos Humanos, que presentó un informe pormenorizado de lo ocurrido en la madrugada del 27 de abril de 1982 y los días siguientes. Joya encabezó un operativo mediante el cual, sin orden legal, irrumpió junto a una veintena de efectivos en la casa del subprocurador general de la República, Rafael Rivera Torres, que estaba esa noche acompañado por sus dos hijas y otros cuatro estudiantes. Sin explicarles por qué los detenían, fueron conducidos a una comisaría. A Rivera Torres lo llevaron de vuelta a su casa, de la que decomisaron “piezas de convicción”: libros. Los jóvenes fueron incomunicados y llevados a una cárcel clandestina que funcionaba en la finca de un general, donde los torturaron: golpes, hambre, amenazas de violación, simulacros de fusilamiento. Allí, contaron los muchachos después, vieron otros detenidos. Vejaciones patente Pinochet, Suárez Mason, Negroponte. A los ocho días, cuatro de los estudiantes fueron liberados tras la prototípica amenaza de que no contaran qué había pasado; a otros dos los blanquearon y los acusaron de atentar contra la seguridad y el Estado. Terminaron absueltos.
Cuando lo ubicaron en España, ejercía como catequista en el colegio San José, de los Sagrados Corazones de Sevilla. Tenía un buen pasar: vivía en uno de los barrios más caros de la ciudad. Las organizaciones de derechos humanos intentaron enjuiciarlo por delitos de lesa humanidad, en el marco de los principios de jurisdicción universal. Enrique Santiago, el abogado que patrocinó en España a uno de los jóvenes torturados, explicó hace tres días a Radio Mundial que “fue sometido a un procedimiento de extradición a Honduras, donde nunca rindió cuentas ante la Justicia por los graves crímenes que había cometido”, porque las autoridades locales “facilitaron la absoluta impunidad”.
Si no fuera por sus antecedentes criminales y por la dramática situación del país, las apariciones de Billy Joya en la televisión hondureña, por estos días, podrían verse como documentos de la National Geographic transmitiendo en vivo al cavernícola. Hay una que es para coleccionar y ver en YouTube: es la “entrevista” que le hizo el “periodista” Edgardo Melgar, que para empezar lo presentó como “analista nacional e internacional”. Se ve que Joya todavía no se percató de cómo es visto Pinochet desde el presente, porque llevó, como para hacer un paralelo con el gobierno de Zelaya, un informe de 1974 hecho por la OEA –cómplice de la dictadura por entonces– en el que justificaba el golpe a Allende en vista de su búsqueda de representación de los sectores populares. Esto es: en la lógica de Joya, lo que pasó con Allende gracias a Pinochet es similar a lo que pasó con Zelaya gracias a Micheletti.
Allende, explicó Joya, fue instituido legalmente, pero luego, entre 1970 y 1973, “entró en una ruta de descomposición social” que sirve para empadronar lo que ocurre hoy en Venezuela y, también, “lo que estaba planteado como estrategia para ser implantado aquí, en Honduras”. Pregunta Melgar Grondona: “¿Usted me quiere decir que detrás del discurso del ex presidente Zelaya a favor de los pobres, de la equidad, de la justicia social, de la participación ciudadana, de encuestas, había algo escondido?”. Claro, hombre: Joya asegura que estaba en plan la táctica marxista-leninista de ganar tiempo con una “coexistencia pacífica” destinada a simpatizar con los sectores populares, a convencer a los pobres de que sus desgracias son responsabilidad de los ricos y a corromper a las fuerzas armadas para neutralizarlas o para volverlas a su favor. Los planes diabólicos de Zelaya sólo eran conocidos por una o dos personas de su confianza. Y Zelaya les vendió el alma a los comunistas Hugo Chávez y los hermanos Castro. “En este informe el presidente Allende dice ‘soy marxista’ –sigue Joya–. ‘No soy el presidente de todos, soy el presidente del partido de la Unidad Popular.’ En forma confusa y velada, el ex presidente Zelaya, para sorpresa nacional, anuncia con la firma del ALBA que su gobierno hacía un giro a la izquierda. En ese momento deja de ser presidente de todos los hondureños. Porque podemos haber personas independientes, de centro, o de derecha, y cuando él anuncia que su gobierno gira a la izquierda, está diciendo ‘yo ya no gobierno para todos’.” Y luego: “En el discurso inaugural del 5 de noviembre de 1970, Allende anuncia la vía hacia el socialismo a través de la estrategia de la coexistencia pacífica. Y esto es lo que se ha aplicado aquí durante estos tres años y medio”.
–¿Usted quiere decirme que en Honduras íbamos hacia el comunismo? –preguntó Grondona.
–Eso es lo que existe, realmente. Es la lucha de clases de los enunciados marxistas-leninistas –respondió Joya.
Lo que pasaba en Chile en ese período, subraya Joya, es lo que ha pasado en Honduras en estos años. ¿Y qué es capaz de hacer un personaje de este calibre en un contexto como el de hoy? ¿Los métodos de Pinochet? A la deportación de Zelaya, las detenciones durante el toque de queda, la represión en la que murió el joven Isis Obed Murillo –Rigoberta Menchú informó que los muertos como consecuencia de la asonada son al menos cinco– y el férreo control de prensa puertas adentro de Honduras se sumó, ayer, la noticia del asesinato de dos dirigentes del partido de izquierda Unificación Democrática, Roger Bados y Ramón García. No hay, hasta el momento, mayores datos sobre estos crímenes.
En la denuncia presentada contra Joya por la Fiscalía en 1995 se pedía la investigación de 150 casos de personas desaparecidas entre 1981 y 1984 con un patrón de acción. “Las víctimas eran generalmente personas consideradas por las autoridades hondureñas como peligrosas para la seguridad del Estado –se informaba allí–. Además, usualmente las víctimas habían estado sometidas a vigilancia y seguimiento por períodos más o menos prolongados.”
El ex capitán del ejército hondureño Billy Joya es uno de esos oficiales formateados por y para la CIA y sus dictaduras latinoamericanas, tan siniestras como funcionales: becado en Chile en los ’70 por Augusto Pinochet, vinculado con el represor argentino Guillermo Suárez Mason como instructor para el montaje del Batallón de Inteligencia B3-16, ideólogo del escuadrón de la muerte que operó en Honduras en los ’80, asociado en esa misma década con el por entonces embajador en Tegucigalpa, John Negroponte, ex jefe de la CIA en Vietnam y cerebro en el montaje de la contra nicaragüense. En los ’90, a Joya le cayeron encima los juicios y las acusaciones por violaciones a los derechos humanos, asesinatos, secuestros y torturas y entonces se refugió en España, donde también se le inició un proceso.
¿Cómo un agujero negro se convierte en estrella? Bueno, con la oscuridad de un golpe de Estado. Así es como Billy Joya brilla, ahora, como ministro asesor del mandatario de facto Roberto Micheletti, nombrado por el Congreso el 28 de junio pasado, en un trámite tan burdo que incluyó la inolvidable lectura de una carta trucha “de renuncia” de Manuel Zelaya. Ese día iba a realizarse una encuesta para sondear la predisposición popular a una reforma constitucional, pero en la madrugada un grupo de militares encapuchados entraron a tiros en la residencia presidencial, secuestraron a Zelaya y lo deportaron a Costa Rica.
Como se vio aquí con otros represores, a Billy Fernando Joya Améndola le gustaba usar un alias: en la clandestinidad se hacía llamar “Licenciado Arrazola”. Fue jefe de la división táctica Batallón B3-16, el escuadrón de la muerte que operaba en tándem con la Dirección Nacional de Investigaciones, brazo represor del ejército. Entre 1984 y 1991 coordinó tareas con los “consejeros norteamericanos” y los “asesores argentinos”, en plena guerra sucia. Algo antes, en 1982, mientras era todavía subteniente, encabezó un operativo en Tegucigalpa en el que fueron detenidos, secuestrados y torturados seis jóvenes estudiantes de la Universidad Nacional de Honduras. También está acusado por una decena de asesinatos.
En octubre de 1995 un juzgado hondureño ordenó la captura de Joya y otros oficiales del ejército por el caso de los estudiantes torturados. El represor se fugó. Unos meses después, tras breve paso por Colombia, estaba refugiado en Sevilla, España. La orden de detención fue consecuencia de la denuncia hecha por la Fiscalía Especial de Derechos Humanos, que presentó un informe pormenorizado de lo ocurrido en la madrugada del 27 de abril de 1982 y los días siguientes. Joya encabezó un operativo mediante el cual, sin orden legal, irrumpió junto a una veintena de efectivos en la casa del subprocurador general de la República, Rafael Rivera Torres, que estaba esa noche acompañado por sus dos hijas y otros cuatro estudiantes. Sin explicarles por qué los detenían, fueron conducidos a una comisaría. A Rivera Torres lo llevaron de vuelta a su casa, de la que decomisaron “piezas de convicción”: libros. Los jóvenes fueron incomunicados y llevados a una cárcel clandestina que funcionaba en la finca de un general, donde los torturaron: golpes, hambre, amenazas de violación, simulacros de fusilamiento. Allí, contaron los muchachos después, vieron otros detenidos. Vejaciones patente Pinochet, Suárez Mason, Negroponte. A los ocho días, cuatro de los estudiantes fueron liberados tras la prototípica amenaza de que no contaran qué había pasado; a otros dos los blanquearon y los acusaron de atentar contra la seguridad y el Estado. Terminaron absueltos.
Cuando lo ubicaron en España, ejercía como catequista en el colegio San José, de los Sagrados Corazones de Sevilla. Tenía un buen pasar: vivía en uno de los barrios más caros de la ciudad. Las organizaciones de derechos humanos intentaron enjuiciarlo por delitos de lesa humanidad, en el marco de los principios de jurisdicción universal. Enrique Santiago, el abogado que patrocinó en España a uno de los jóvenes torturados, explicó hace tres días a Radio Mundial que “fue sometido a un procedimiento de extradición a Honduras, donde nunca rindió cuentas ante la Justicia por los graves crímenes que había cometido”, porque las autoridades locales “facilitaron la absoluta impunidad”.
Si no fuera por sus antecedentes criminales y por la dramática situación del país, las apariciones de Billy Joya en la televisión hondureña, por estos días, podrían verse como documentos de la National Geographic transmitiendo en vivo al cavernícola. Hay una que es para coleccionar y ver en YouTube: es la “entrevista” que le hizo el “periodista” Edgardo Melgar, que para empezar lo presentó como “analista nacional e internacional”. Se ve que Joya todavía no se percató de cómo es visto Pinochet desde el presente, porque llevó, como para hacer un paralelo con el gobierno de Zelaya, un informe de 1974 hecho por la OEA –cómplice de la dictadura por entonces– en el que justificaba el golpe a Allende en vista de su búsqueda de representación de los sectores populares. Esto es: en la lógica de Joya, lo que pasó con Allende gracias a Pinochet es similar a lo que pasó con Zelaya gracias a Micheletti.
Allende, explicó Joya, fue instituido legalmente, pero luego, entre 1970 y 1973, “entró en una ruta de descomposición social” que sirve para empadronar lo que ocurre hoy en Venezuela y, también, “lo que estaba planteado como estrategia para ser implantado aquí, en Honduras”. Pregunta Melgar Grondona: “¿Usted me quiere decir que detrás del discurso del ex presidente Zelaya a favor de los pobres, de la equidad, de la justicia social, de la participación ciudadana, de encuestas, había algo escondido?”. Claro, hombre: Joya asegura que estaba en plan la táctica marxista-leninista de ganar tiempo con una “coexistencia pacífica” destinada a simpatizar con los sectores populares, a convencer a los pobres de que sus desgracias son responsabilidad de los ricos y a corromper a las fuerzas armadas para neutralizarlas o para volverlas a su favor. Los planes diabólicos de Zelaya sólo eran conocidos por una o dos personas de su confianza. Y Zelaya les vendió el alma a los comunistas Hugo Chávez y los hermanos Castro. “En este informe el presidente Allende dice ‘soy marxista’ –sigue Joya–. ‘No soy el presidente de todos, soy el presidente del partido de la Unidad Popular.’ En forma confusa y velada, el ex presidente Zelaya, para sorpresa nacional, anuncia con la firma del ALBA que su gobierno hacía un giro a la izquierda. En ese momento deja de ser presidente de todos los hondureños. Porque podemos haber personas independientes, de centro, o de derecha, y cuando él anuncia que su gobierno gira a la izquierda, está diciendo ‘yo ya no gobierno para todos’.” Y luego: “En el discurso inaugural del 5 de noviembre de 1970, Allende anuncia la vía hacia el socialismo a través de la estrategia de la coexistencia pacífica. Y esto es lo que se ha aplicado aquí durante estos tres años y medio”.
–¿Usted quiere decirme que en Honduras íbamos hacia el comunismo? –preguntó Grondona.
–Eso es lo que existe, realmente. Es la lucha de clases de los enunciados marxistas-leninistas –respondió Joya.
Lo que pasaba en Chile en ese período, subraya Joya, es lo que ha pasado en Honduras en estos años. ¿Y qué es capaz de hacer un personaje de este calibre en un contexto como el de hoy? ¿Los métodos de Pinochet? A la deportación de Zelaya, las detenciones durante el toque de queda, la represión en la que murió el joven Isis Obed Murillo –Rigoberta Menchú informó que los muertos como consecuencia de la asonada son al menos cinco– y el férreo control de prensa puertas adentro de Honduras se sumó, ayer, la noticia del asesinato de dos dirigentes del partido de izquierda Unificación Democrática, Roger Bados y Ramón García. No hay, hasta el momento, mayores datos sobre estos crímenes.
En la denuncia presentada contra Joya por la Fiscalía en 1995 se pedía la investigación de 150 casos de personas desaparecidas entre 1981 y 1984 con un patrón de acción. “Las víctimas eran generalmente personas consideradas por las autoridades hondureñas como peligrosas para la seguridad del Estado –se informaba allí–. Además, usualmente las víctimas habían estado sometidas a vigilancia y seguimiento por períodos más o menos prolongados.”
viernes, 17 de julio de 2009
El interrogador de El Chalet:LA CAMARA FEDERAL CONFIRMO EL PROCESAMIENTO DEL REPRESOR COPTELEZA
La Cámara consideró probado que conducía interrogatorios bajo tortura en el centro clandestino que funcionó en el Hospital Posadas. Copteleza estuvo dos años prófugo de la Justicia y se entregó hace cuatro meses
Luego de dos años prófugo de la Justicia y a poco menos de cuatro meses de entregarse manso en Comodoro Py, la Sala II de la Cámara Federal porteña confirmó el procesamiento con prisión preventiva de Juan Máximo Copteleza, ex agente civil de inteligencia de la Fuerza Aérea que conducía interrogatorios bajo tortura en El Chalet, el centro clandestino que funcionó durante la última dictadura en el Hospital Posadas. “Se encuentra suficientemente demostrado que Copteleza habría participado de los hechos por los que viene procesado”, apuntaron los camaristas Jorge Ballestero y Eduardo Farah luego de repasar los testimonios de las víctimas e incluso de otros represores que le asignaron un rol de mando.
Copteleza está sindicado como segundo jefe del grupo de tareas “Swat”, que se instaló en el policlínico de Haedo por orden del general Reynaldo Bignone con la misión de proteger el lugar de “resentidos, disociadores y subversivos”. Una sobreviviente que pasó por sus manos declaró en la causa que el represor civil le clavó “un atizador en el pecho, mientras cantaba la marcha de San Lorenzo y gritaba ‘a los enemigos ni justicia’”. El juez federal Daniel Rafecas ordenó su detención a fines de 2007 y poco después ordenó su captura nacional e internacional. El 27 de marzo último se cansó de jugar a la escondida y se presentó en la mesa de entradas del juzgado. Luego se negó a declarar, fue procesado y enviado al penal de Marcos Paz.
Rafecas elevó el expediente a juicio en diciembre con cinco imputados: Bignone, el coronel Agatino Di Benedetto, el brigadier Hipólito Mariani (condenado a 25 años de cárcel, pero libre) y los civiles Luis Muiña y Argentino Ríos. Tras la reasignación de causas vinculadas con el Primer Cuerpo de Ejército que hacían cola en el Tribunal Oral Federal 5, Hospital Posadas recayó en el TOF 3. Ante las excusaciones y recusaciones de los jueces planteadas por las partes, fue reubicada en el TOF 2, cuya prioridad es juzgar a una docena de torturadores del circuito Atlético-Banco-Olimpo. El primer juicio de Primer Cuerpo no tiene fecha confirmada.
Luego de dos años prófugo de la Justicia y a poco menos de cuatro meses de entregarse manso en Comodoro Py, la Sala II de la Cámara Federal porteña confirmó el procesamiento con prisión preventiva de Juan Máximo Copteleza, ex agente civil de inteligencia de la Fuerza Aérea que conducía interrogatorios bajo tortura en El Chalet, el centro clandestino que funcionó durante la última dictadura en el Hospital Posadas. “Se encuentra suficientemente demostrado que Copteleza habría participado de los hechos por los que viene procesado”, apuntaron los camaristas Jorge Ballestero y Eduardo Farah luego de repasar los testimonios de las víctimas e incluso de otros represores que le asignaron un rol de mando.
Copteleza está sindicado como segundo jefe del grupo de tareas “Swat”, que se instaló en el policlínico de Haedo por orden del general Reynaldo Bignone con la misión de proteger el lugar de “resentidos, disociadores y subversivos”. Una sobreviviente que pasó por sus manos declaró en la causa que el represor civil le clavó “un atizador en el pecho, mientras cantaba la marcha de San Lorenzo y gritaba ‘a los enemigos ni justicia’”. El juez federal Daniel Rafecas ordenó su detención a fines de 2007 y poco después ordenó su captura nacional e internacional. El 27 de marzo último se cansó de jugar a la escondida y se presentó en la mesa de entradas del juzgado. Luego se negó a declarar, fue procesado y enviado al penal de Marcos Paz.
Rafecas elevó el expediente a juicio en diciembre con cinco imputados: Bignone, el coronel Agatino Di Benedetto, el brigadier Hipólito Mariani (condenado a 25 años de cárcel, pero libre) y los civiles Luis Muiña y Argentino Ríos. Tras la reasignación de causas vinculadas con el Primer Cuerpo de Ejército que hacían cola en el Tribunal Oral Federal 5, Hospital Posadas recayó en el TOF 3. Ante las excusaciones y recusaciones de los jueces planteadas por las partes, fue reubicada en el TOF 2, cuya prioridad es juzgar a una docena de torturadores del circuito Atlético-Banco-Olimpo. El primer juicio de Primer Cuerpo no tiene fecha confirmada.
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Otro represor cerca de la libertad
El represor Héctor Vergez, detenido por crímenes de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura, podría quedar en libertad a comienzos de agosto para esperar, así, el comienzo del juicio en su contra. Es que el 7 del mes que viene se cumpliría el plazo legal permitido para mantener una prisión preventiva –previsto en dos años, más uno adicional por la “complejidad” de la causa–, según reconoce la Cámara Federal porteña en un fallo en el que además reclama al juez Norberto Oyarbide que acelere los trámites para llegar lo antes posible al juicio oral.
Vergez, que estuvo a cargo del centro clandestino de detención La Perla, en Córdoba, donde también está procesado, afronta esta causa a raíz de una denuncia en Capital Federal efectuada hace cuatro años por la desaparición de Julio Gallego Soto. El caso luego “fue ampliándose al comprobarse su vinculación con la desaparición de Javier Ramón Coccoz y, más recientemente, con la de Juan Carlos Casariego de Bel”, según explica el fallo.
El represor fue detenido el 7 de agosto de 2006, por lo que en unos veinte días cumplirá los tres años bajo el régimen de prisión preventiva y podrá solicitar su excarcelación para esperar libre el juicio oral. Así lo entiende la Sala I de la Cámara Federal porteña, que resaltó que la ley 24.390 establece que “la prisión preventiva no podrá ser superior a los dos años, sin que se haya dictado sentencia. Como excepción, se estipula que el encierro podrá extenderse por un año cuando la cantidad de delitos imputados o la evidente complejidad de la causa haya impedido el dictado de una sentencia en el plazo de dos años”.
Así, los camaristas Jorge Ballestero, Eduardo Freiler y Eduardo Farah homologaron la prórroga de la prisión preventiva que se había cumplido el año pasado, pero fueron tajantes al remarcar el carácter excepcional de dicha medida.
Es por eso que la Cámara reclamó al juez Oyarbide que “no debe ahorrar esfuerzos a la hora de imprimirle la mayor velocidad a la encuesta”, lo que en lenguaje judicial implica acelerar el proceso que lleva la causa a juicio oral. Los crímenes por los que debe responder Vergez “imponen la obligación de alcanzar una sentencia que acabe, en este caso, con una espera de más de 30 años”, concluyeron los camaristas.
Vergez, que estuvo a cargo del centro clandestino de detención La Perla, en Córdoba, donde también está procesado, afronta esta causa a raíz de una denuncia en Capital Federal efectuada hace cuatro años por la desaparición de Julio Gallego Soto. El caso luego “fue ampliándose al comprobarse su vinculación con la desaparición de Javier Ramón Coccoz y, más recientemente, con la de Juan Carlos Casariego de Bel”, según explica el fallo.
El represor fue detenido el 7 de agosto de 2006, por lo que en unos veinte días cumplirá los tres años bajo el régimen de prisión preventiva y podrá solicitar su excarcelación para esperar libre el juicio oral. Así lo entiende la Sala I de la Cámara Federal porteña, que resaltó que la ley 24.390 establece que “la prisión preventiva no podrá ser superior a los dos años, sin que se haya dictado sentencia. Como excepción, se estipula que el encierro podrá extenderse por un año cuando la cantidad de delitos imputados o la evidente complejidad de la causa haya impedido el dictado de una sentencia en el plazo de dos años”.
Así, los camaristas Jorge Ballestero, Eduardo Freiler y Eduardo Farah homologaron la prórroga de la prisión preventiva que se había cumplido el año pasado, pero fueron tajantes al remarcar el carácter excepcional de dicha medida.
Es por eso que la Cámara reclamó al juez Oyarbide que “no debe ahorrar esfuerzos a la hora de imprimirle la mayor velocidad a la encuesta”, lo que en lenguaje judicial implica acelerar el proceso que lleva la causa a juicio oral. Los crímenes por los que debe responder Vergez “imponen la obligación de alcanzar una sentencia que acabe, en este caso, con una espera de más de 30 años”, concluyeron los camaristas.
martes, 14 de julio de 2009
sobre el fallo caso labolita
documento de los organismos de derechos humanos en mar del plata ,sobre el fallo del caso labolita,en el que ,de los imputados uno fue absuelto, volverá a su casa. El otro fue condenado a prisión perpetua, pero también volverá a su casa. Así concluyó el primer juicio por crímenes de lesa humanidad en Mar del Plata, por el secuestro, las torturas y el homicidio de Carlos Labolita.
lunes, 13 de julio de 2009
domingo, 12 de julio de 2009
En primera persona:
Nació en la ESMA y fue apropiada por un miembro del grupo de tareas de ese centro clandestino. Recuperó su identidad en 2004 y tres años después fue elegida diputada. Su libro habla de la militancia, del camino recorrido antes y después del análisis de ADN, de su relación con quienes la criaron y con su familia biológica, en la que también hay un represor

Mi nombre es Victoria. Ese es el título del libro. Allí se cuenta la historia de quien siempre fue Victoria pero también fue Analía. De quien fue Analía sin dejar de ser Victoria. El relato lo construye Victoria Donda, la joven que recuperó su identidad en 2004 y fue poco después la primera hija de desaparecidos apropiada en convertirse en diputada nacional. “El libro cierra una etapa. Soy hija de desaparecidos, pero antes soy militante y espero ahora seguir adelante desde otro lugar”, explica Donda a Página/12.
El texto está presentado en primera persona, aunque Donda tuvo la ayuda de un escritor que “no quiso aparecer”. “Lo quería contar yo, no que otro lo contara por mí. Cuando alguien escribe sobre vos, lo tamiza con sus propias visiones, sus sentimientos”, dice. Tal vez ser dueña de su palabra fue lo que permitió explayarse sobre hechos o temas que hasta ahora había preferido evitar o que nadie le había preguntado. Mi nombre es Victoria es el relato del despertar de las inquietudes sociales y políticas de una adolescente de Avellaneda, del descubrimiento de que su padre había sido un torturador durante la última dictadura militar y finalmente, de la revelación de que él no era su padre sino su apropiador. Ella había nacido en la Escuela de Mecánica de la Armada, donde la habían arrancado de los brazos de su madre, quien antes de la separación logró nombrarla Victoria y pasarle un hilo azul por un agujerito de su oreja como marca identificatoria. Mi nombre es Victoria es también la historia del compromiso de Cori y el Cabo, María Hilda Pérez y José María Donda, los padres de Victoria. La vida de esta joven, además, está cruzada por una serie de encuentros y desencuentros fraternales: el hermano de José María es el represor Adolfo Donda, uno de los responsables del centro clandestino donde dio a luz su cuñada y desde donde se llevaron a su sobrina, a quien no se animó a enfrentar cuando pidió verlo en una prisión de la Armada. Adolfo Donda, a su vez, crió a la hermana mayor de Victoria, y la relación entre las dos mujeres no pudo hasta ahora siquiera empezar a construirse. En cambio, el vínculo que Victoria tiene con su hermana de crianza resistió el peso de la historia que cayó sobre ambas.
“Mi historia –dice ella en el libro– no es solo mía, de Victoria o Analía, sino que es la historia de la Argentina, una historia de intolerancia, violencia y mentiras que se viven todavía, y que no estará completa hasta que el último de los bebés robados durante la dictadura pueda recuperar su verdadera identidad, hasta que el último de los responsables de aquella barbarie sea juzgado por sus crímenes, hasta que el último de los treinta mil desaparecidos pueda tener un nombre, una historia y una circunstancia de muerte y hasta que el último de sus familiares pueda, al fin, hacer su duelo.”
Victoria Donda, que integra el Movimiento Libres del Sur, reivindica la militancia de Cori y el Cabo y la militancia en general, pero no esconde las contradicciones que, en el plano sentimental, le genera quien en el libro llama Raúl pero que es en realidad Juan Antonio Azic, un torturador de la ESMA. “Tengo muy claro que fui apropiada –señala– y no tengo ambigüedades, pero sí tengo ambigüedad con mi apropiador, a veces lo siento de otra forma, pero eso tiene que ver con sentimientos. Podría haber sido más fácil escribir sólo desde la política, desde mis ideas políticas, pero cuando uno quiere a alguien lo quiere. Me parecía importante no mentir. De otra forma terminaría no ayudando a nadie. Plantear que una persona tiene necesariamente que odiar a sus apropiadores no lo hace nadie, ni las Abuelas. Mentir para tergiversar las cosas era falso y yo no soy así. Quiero aportar a la historia colectiva, aportar una parte pequeña pero sin ocultar nada, aunque algunos puedan no estar de acuerdo.” A partir de aquí, partes de la historia de Victoria tal como ella la cuenta.
- - -
“El 24 de julio de 2003 el juez argentino que había recibido el pedido de extradición, Rodolfo Canicoba Corral, solicitó la detención preventiva de los cuarenta y siete militares de la lista de Garzón. Yo en aquel entonces vivía en el centro cultural que habíamos organizado en una antigua sede del Banco Mayo, desde donde seguíamos haciendo trabajo territorial. El 24 de julio era jueves, y como todos los jueves, la familia se reunía en casa de Raúl y Graciela. Estas reuniones estaban preestablecidas desde tiempos inmemoriales, como aquellas en las que cena junta toda la familia.
Cuando llegué aquella noche, me resultó extraño no ver a Raúl por ningún lado. Graciela me dijo que no se sentía bien, y que se iba a quedar en la cama. Raúl no solía dejarse abatir por un simple malestar, y lo normal era que hubiese bajado aunque fuese a estar un poco con nosotras. Siempre habíamos sido una familia muy unida, y los jueves y domingos eran los dos días en los que no se admitían faltas de ningún tipo. Me ofrecí a subirle un té a la habitación esperando verlo postrado y enfermo, pero lo que me encontré distaba mucho de mis expectativas.
Raúl estaba de pie, agitándose de un lado al otro de la habitación mientras se vestía. Si algo había sido característico en él era esa meticulosidad al vestirse tan típica de los militares, como si cada movimiento estuviese planeado de antemano. Cuando era chica me encantaba verlo vestirse, siempre en el mismo orden, en una continuidad producto de repetir siempre los mismos gestos. Aquella noche, sin embargo, dudaba al elegir su camisa, que cambió dos veces, y entre prenda y prenda se detenía a resoplar como agotado por un esfuerzo sobrehumano.
Quedé tan sorprendida por aquella persona nerviosa y dubitativa en quien no reconocía a Raúl que me olvidé por completo del té y del hecho de que no sólo no estuviese enfermo, sino que se estaba preparando para salir.
Cuando por fin pareció notar mi presencia, me dijo directamente, sin saludarme y avanzando hacia el cajón de la cómoda donde guardaba su revólver:
–Analía, necesito que esta noche te quedes en casa.
Asentí sin emitir sonido ni cuestionar lo que era casi una orden. (...)
A la una de la mañana sonó el teléfono.
–Analía, soy yo –dijo desde el otro lado Raúl en un tono aún más sombrío que cuando lo había cruzado unas horas antes–. Necesito que esperes un poco más en casa. Dentro de una hora llamá a este teléfono –y me dictó el número mientras yo anotaba como un autómata, con un ojo puesto en la televisión.
Una hora después llamé, siempre con la vista fija en la pantalla del televisor, sin poder dormirme ni hacer algo diferente que mantenerme a la expectativa. Antes de que me respondiese sabía, por la forma en que estaba sonando, por el escalofrío que recorría mi espalda, por el tono de Raúl la última vez que había llamado, que no se trataba de buenas noticias. Cuando escuché que la voz que se dirigía a mí desde el otro lado del aparato no era la de él, confirmé mis peores presentimientos.
–¿Vos sos Analía? Tu papá está en el hospital. Acaba de pegarse un tiro.
Raúl había intentado suicidarse, disparándose un tiro en la boca con su revólver reglamentario. Quizás había considerado que no tenía la fuerza ni la voluntad de hacer frente a su pasado, de ver resurgir los muertos en las tumbas silenciosas, y considerado que la mejor opción para su familia era librarlos de lo que se vendría: la cárcel, las miradas de los vecinos... y más. Mucho más.
Pero había fallado. La bala no había dañado el cerebro, y Raúl se encontraba en coma inducido en una cama del Hospital Naval, en Capital. Yo no tenía tiempo para llorar. No todavía. Graciela siempre había sido una mujer de salud muy frágil, por lo que yo tendría que encargarme del asunto. Subí a despertar a mi hermana y a su novio, que se había quedado a dormir en casa; juntas despertamos a Graciela con cuidado y llamé a un remise para que nos llevase al hospital. Cuando entré a la habitación donde lo tenían lo hice intempestivamente, sin reflexionar sobre lo que podía encontrarme: frente a mí estaba mi padre, al que había visto unas pocas horas antes, inconsciente y sin rostro. El disparo lo había desfigurado.
Casi como si todo hubiese sido orquestado desde el principio, en el momento en el que salí de la habitación hacia la sala de espera, en una televisión empotrada en la pared para hacer perder aunque sea un poco la noción del tiempo a quienes allí aguardaban, se encontraba la explicación de las acciones de Raúl. En la pantalla brillaba la placa informativa roja y amarilla de Crónica TV donde se anunciaba el pedido de extradición, la lista, y en la lista, el nombre de Raúl. No pasaría mucho hasta que el intento de suicidio se convirtiese a su vez en una placa informativa, desnudando por completo nuestra familia a los ojos del país entero. Así, cuando finalmente comprendí por qué había tomado aquella trágica decisión, ya no sabía por qué llorar: ¿llorar por el intento de suicidio de mi padre, llorar por el sufrimiento de mi madre, o llorar por las causas de su intento de suicidio? Mi padre de repente había dejado de ser un inocente comerciante de frutas y verduras de Dock Sud para convertirse en una de las personas por cuyo encarcelamiento yo luchaba desde hacía años. Las imágenes de Raúl ayudándome con dinero, con algunos muebles viejos o simplemente llevándome y trayéndome de lugares como el Azucena Villaflor se volvían incongruentes y difusas pensando que la mujer que daba su nombre al centro cultural era una desaparecida, secuestrada por los grupos de tareas durante la dictadura. Los mismos grupos que tareas a los que Raúl había, aparentemente, pertenecido.
- - -
En algún momento muy próximo al intento de suicidio de Raúl, torturada por las nuevas informaciones que tenía ahora sobre mi padre, no pude soportar más la sensación opresiva de tener que hacer algo respecto de mi militancia. Esta vez sí entre lágrimas, incapaz ya de contener mi inconmensurable sufrimiento, decidí llamar a la sede de Abuelas de Plaza de Mayo, con quienes últimamente habíamos estrechado nuestros lazos y colaboración, en vista de los nuevos impulsos dados a los derechos humanos desde el Gobierno. Cuando tuve del otro lado de la línea a Estela Carlotto, sólo podía balbucear lo que sentía. Necesitaba disculparme porque había descubierto que mi padre era un torturador, necesitaba en el fondo que alguien me dijese que tenía el derecho de seguir militando, que mi herencia genética no me prohibía continuar luchando por lo que siempre había luchado. Estela fue comprensiva y maternal, me dijo aquello que yo necesitaba escuchar, y me pareció sorprendentemente calma dadas las circunstancias, aunque en aquel momento yo era incapaz de detenerme en detalles. Lo que yo no sabía era que Vicky, a quien había llamado en primer lugar buscando su amistad y su consuelo, se había adelantado en el llamado a las Abuelas, y para cuando yo hablé con la presidenta de Abuelas, ya había sido convocada una reunión de urgencia para determinar los pasos a seguir en mi caso. Llevaban mucho tiempo teniendo extremo cuidado respecto de la investigación sobre mi identidad, y nadie estaba dispuesto a tirar todo aquel trabajo por la borda. Sobre todo si ello implicaba algún tipo de daño a mi persona.
- - -
Apenas tres días después, y sin dar siquiera tiempo a que pasase una semana desde el intento de suicidio de Raúl, me encontré con el Yuyo frente a la mesa de un bar. Me había dicho que necesitaba hablar conmigo. “Es urgente”, había sentenciado, como excusándose por interrumpir en un momento tan difícil de mi vida. O al menos eso creí cuando accedí a verlo. Los recuerdos de aquel encuentro son fragmentarios. Tras salir del bar en el que estaba con el Yuyo yo ya no sabía quién era, incapaz de procesar toda la información que había destruido mi existencia en pocos días (...). Cuando esa noche llegué a mi casa actuaba en piloto automático, moviéndome como una zombi, incapaz de cargar con el peso de lo que había sucedido. Incluso durante unos instantes estuve a punto de acabar con todo: fui al lugar donde Raúl guardaba su revólver, y me quedé mirándolo durante unos minutos que parecieron eternos mientras intentaba decidir si era capaz de vivir la vida que me tocaría a partir de entonces.
- - -
Y así, sin que me diese cuenta, sin que fuese capaz de mensurar el verdadero alcance de lo que sucedía a mi alrededor, llegó el 24 de marzo de 2004, y con él, la inauguración del esperado Museo de la Memoria (...). En aquel acto habló Juan Cabandié, y su discurso pensando en su madre, pensando en los culpables de que no hubiera podido conocerla, haciendo referencia a quienes quisieron quitarle la vida, me hizo sentir por un instante que el esfuerzo que hacía por mantenerme entera no sería suficiente, que si relajaba un solo músculo, me derrumbaría para siempre. Hacía tan sólo dos meses que había descubierto su verdadera identidad, y desde el Gobierno le habían propuesto participar del acto. Cuando terminó de hablar, una vez al pie del estrado, lo vi llorar conmovido algo alejado de la gente. Me acerqué a él por detrás, y poniendo una mano en su hombro le dije:
–Vos, por lo menos, sabés quiénes fueron tus papás. Yo no siquiera eso.
Sabía que mi madre había entrado a la ESMA embarazada, sabía que muy probablemente yo había nacido dentro del Casino de Oficiales, igual que Juan, e incluso sospechaba fuertemente que la persona que me había tenido unos días en brazos era probablemente la misma que me había mirado desde su fotografía en la sede de Hijos.
¿Cómo era posible que mi mamá se bancase la tortura, haber estado embarazada en un campo de concentración, ver cómo se llevaban a su hija, todo por aquello en lo que creía y por lo cual dio su propia vida, y que yo no fuera capaz de tomar la decisión de sacarme unas gotas de sangre?
Tenía que entender que todo esto no se trataba de Raúl y Graciela, y ni siquiera se trataba de hacer justicia, o de juzgar a los responsables de la dictadura. Se trataba de mí, de mi identidad, de mi pasado y de mis posibilidades de un futuro. Supe que no podía seguir esperando. Era el momento de hacerme los análisis. (...)
Pasaron dos años desde que las chicas de Hermanos me habían contactado por primera vez, y más de un año desde que me dijeron que era hija de desaparecidos. Y aquel 8 de octubre, con un 99,99 por ciento se seguridad, por fin podía afirmarlo, gritarlo a los cuatro vientos, si eso era lo que quería. Y quería decirlo:
Ahora sí, mi nombre es Victoria.
fuente:pagina 12

Mi nombre es Victoria. Ese es el título del libro. Allí se cuenta la historia de quien siempre fue Victoria pero también fue Analía. De quien fue Analía sin dejar de ser Victoria. El relato lo construye Victoria Donda, la joven que recuperó su identidad en 2004 y fue poco después la primera hija de desaparecidos apropiada en convertirse en diputada nacional. “El libro cierra una etapa. Soy hija de desaparecidos, pero antes soy militante y espero ahora seguir adelante desde otro lugar”, explica Donda a Página/12.
El texto está presentado en primera persona, aunque Donda tuvo la ayuda de un escritor que “no quiso aparecer”. “Lo quería contar yo, no que otro lo contara por mí. Cuando alguien escribe sobre vos, lo tamiza con sus propias visiones, sus sentimientos”, dice. Tal vez ser dueña de su palabra fue lo que permitió explayarse sobre hechos o temas que hasta ahora había preferido evitar o que nadie le había preguntado. Mi nombre es Victoria es el relato del despertar de las inquietudes sociales y políticas de una adolescente de Avellaneda, del descubrimiento de que su padre había sido un torturador durante la última dictadura militar y finalmente, de la revelación de que él no era su padre sino su apropiador. Ella había nacido en la Escuela de Mecánica de la Armada, donde la habían arrancado de los brazos de su madre, quien antes de la separación logró nombrarla Victoria y pasarle un hilo azul por un agujerito de su oreja como marca identificatoria. Mi nombre es Victoria es también la historia del compromiso de Cori y el Cabo, María Hilda Pérez y José María Donda, los padres de Victoria. La vida de esta joven, además, está cruzada por una serie de encuentros y desencuentros fraternales: el hermano de José María es el represor Adolfo Donda, uno de los responsables del centro clandestino donde dio a luz su cuñada y desde donde se llevaron a su sobrina, a quien no se animó a enfrentar cuando pidió verlo en una prisión de la Armada. Adolfo Donda, a su vez, crió a la hermana mayor de Victoria, y la relación entre las dos mujeres no pudo hasta ahora siquiera empezar a construirse. En cambio, el vínculo que Victoria tiene con su hermana de crianza resistió el peso de la historia que cayó sobre ambas.
“Mi historia –dice ella en el libro– no es solo mía, de Victoria o Analía, sino que es la historia de la Argentina, una historia de intolerancia, violencia y mentiras que se viven todavía, y que no estará completa hasta que el último de los bebés robados durante la dictadura pueda recuperar su verdadera identidad, hasta que el último de los responsables de aquella barbarie sea juzgado por sus crímenes, hasta que el último de los treinta mil desaparecidos pueda tener un nombre, una historia y una circunstancia de muerte y hasta que el último de sus familiares pueda, al fin, hacer su duelo.”
Victoria Donda, que integra el Movimiento Libres del Sur, reivindica la militancia de Cori y el Cabo y la militancia en general, pero no esconde las contradicciones que, en el plano sentimental, le genera quien en el libro llama Raúl pero que es en realidad Juan Antonio Azic, un torturador de la ESMA. “Tengo muy claro que fui apropiada –señala– y no tengo ambigüedades, pero sí tengo ambigüedad con mi apropiador, a veces lo siento de otra forma, pero eso tiene que ver con sentimientos. Podría haber sido más fácil escribir sólo desde la política, desde mis ideas políticas, pero cuando uno quiere a alguien lo quiere. Me parecía importante no mentir. De otra forma terminaría no ayudando a nadie. Plantear que una persona tiene necesariamente que odiar a sus apropiadores no lo hace nadie, ni las Abuelas. Mentir para tergiversar las cosas era falso y yo no soy así. Quiero aportar a la historia colectiva, aportar una parte pequeña pero sin ocultar nada, aunque algunos puedan no estar de acuerdo.” A partir de aquí, partes de la historia de Victoria tal como ella la cuenta.
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“El 24 de julio de 2003 el juez argentino que había recibido el pedido de extradición, Rodolfo Canicoba Corral, solicitó la detención preventiva de los cuarenta y siete militares de la lista de Garzón. Yo en aquel entonces vivía en el centro cultural que habíamos organizado en una antigua sede del Banco Mayo, desde donde seguíamos haciendo trabajo territorial. El 24 de julio era jueves, y como todos los jueves, la familia se reunía en casa de Raúl y Graciela. Estas reuniones estaban preestablecidas desde tiempos inmemoriales, como aquellas en las que cena junta toda la familia.
Cuando llegué aquella noche, me resultó extraño no ver a Raúl por ningún lado. Graciela me dijo que no se sentía bien, y que se iba a quedar en la cama. Raúl no solía dejarse abatir por un simple malestar, y lo normal era que hubiese bajado aunque fuese a estar un poco con nosotras. Siempre habíamos sido una familia muy unida, y los jueves y domingos eran los dos días en los que no se admitían faltas de ningún tipo. Me ofrecí a subirle un té a la habitación esperando verlo postrado y enfermo, pero lo que me encontré distaba mucho de mis expectativas.
Raúl estaba de pie, agitándose de un lado al otro de la habitación mientras se vestía. Si algo había sido característico en él era esa meticulosidad al vestirse tan típica de los militares, como si cada movimiento estuviese planeado de antemano. Cuando era chica me encantaba verlo vestirse, siempre en el mismo orden, en una continuidad producto de repetir siempre los mismos gestos. Aquella noche, sin embargo, dudaba al elegir su camisa, que cambió dos veces, y entre prenda y prenda se detenía a resoplar como agotado por un esfuerzo sobrehumano.
Quedé tan sorprendida por aquella persona nerviosa y dubitativa en quien no reconocía a Raúl que me olvidé por completo del té y del hecho de que no sólo no estuviese enfermo, sino que se estaba preparando para salir.
Cuando por fin pareció notar mi presencia, me dijo directamente, sin saludarme y avanzando hacia el cajón de la cómoda donde guardaba su revólver:
–Analía, necesito que esta noche te quedes en casa.
Asentí sin emitir sonido ni cuestionar lo que era casi una orden. (...)
A la una de la mañana sonó el teléfono.
–Analía, soy yo –dijo desde el otro lado Raúl en un tono aún más sombrío que cuando lo había cruzado unas horas antes–. Necesito que esperes un poco más en casa. Dentro de una hora llamá a este teléfono –y me dictó el número mientras yo anotaba como un autómata, con un ojo puesto en la televisión.
Una hora después llamé, siempre con la vista fija en la pantalla del televisor, sin poder dormirme ni hacer algo diferente que mantenerme a la expectativa. Antes de que me respondiese sabía, por la forma en que estaba sonando, por el escalofrío que recorría mi espalda, por el tono de Raúl la última vez que había llamado, que no se trataba de buenas noticias. Cuando escuché que la voz que se dirigía a mí desde el otro lado del aparato no era la de él, confirmé mis peores presentimientos.
–¿Vos sos Analía? Tu papá está en el hospital. Acaba de pegarse un tiro.
Raúl había intentado suicidarse, disparándose un tiro en la boca con su revólver reglamentario. Quizás había considerado que no tenía la fuerza ni la voluntad de hacer frente a su pasado, de ver resurgir los muertos en las tumbas silenciosas, y considerado que la mejor opción para su familia era librarlos de lo que se vendría: la cárcel, las miradas de los vecinos... y más. Mucho más.
Pero había fallado. La bala no había dañado el cerebro, y Raúl se encontraba en coma inducido en una cama del Hospital Naval, en Capital. Yo no tenía tiempo para llorar. No todavía. Graciela siempre había sido una mujer de salud muy frágil, por lo que yo tendría que encargarme del asunto. Subí a despertar a mi hermana y a su novio, que se había quedado a dormir en casa; juntas despertamos a Graciela con cuidado y llamé a un remise para que nos llevase al hospital. Cuando entré a la habitación donde lo tenían lo hice intempestivamente, sin reflexionar sobre lo que podía encontrarme: frente a mí estaba mi padre, al que había visto unas pocas horas antes, inconsciente y sin rostro. El disparo lo había desfigurado.
Casi como si todo hubiese sido orquestado desde el principio, en el momento en el que salí de la habitación hacia la sala de espera, en una televisión empotrada en la pared para hacer perder aunque sea un poco la noción del tiempo a quienes allí aguardaban, se encontraba la explicación de las acciones de Raúl. En la pantalla brillaba la placa informativa roja y amarilla de Crónica TV donde se anunciaba el pedido de extradición, la lista, y en la lista, el nombre de Raúl. No pasaría mucho hasta que el intento de suicidio se convirtiese a su vez en una placa informativa, desnudando por completo nuestra familia a los ojos del país entero. Así, cuando finalmente comprendí por qué había tomado aquella trágica decisión, ya no sabía por qué llorar: ¿llorar por el intento de suicidio de mi padre, llorar por el sufrimiento de mi madre, o llorar por las causas de su intento de suicidio? Mi padre de repente había dejado de ser un inocente comerciante de frutas y verduras de Dock Sud para convertirse en una de las personas por cuyo encarcelamiento yo luchaba desde hacía años. Las imágenes de Raúl ayudándome con dinero, con algunos muebles viejos o simplemente llevándome y trayéndome de lugares como el Azucena Villaflor se volvían incongruentes y difusas pensando que la mujer que daba su nombre al centro cultural era una desaparecida, secuestrada por los grupos de tareas durante la dictadura. Los mismos grupos que tareas a los que Raúl había, aparentemente, pertenecido.
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En algún momento muy próximo al intento de suicidio de Raúl, torturada por las nuevas informaciones que tenía ahora sobre mi padre, no pude soportar más la sensación opresiva de tener que hacer algo respecto de mi militancia. Esta vez sí entre lágrimas, incapaz ya de contener mi inconmensurable sufrimiento, decidí llamar a la sede de Abuelas de Plaza de Mayo, con quienes últimamente habíamos estrechado nuestros lazos y colaboración, en vista de los nuevos impulsos dados a los derechos humanos desde el Gobierno. Cuando tuve del otro lado de la línea a Estela Carlotto, sólo podía balbucear lo que sentía. Necesitaba disculparme porque había descubierto que mi padre era un torturador, necesitaba en el fondo que alguien me dijese que tenía el derecho de seguir militando, que mi herencia genética no me prohibía continuar luchando por lo que siempre había luchado. Estela fue comprensiva y maternal, me dijo aquello que yo necesitaba escuchar, y me pareció sorprendentemente calma dadas las circunstancias, aunque en aquel momento yo era incapaz de detenerme en detalles. Lo que yo no sabía era que Vicky, a quien había llamado en primer lugar buscando su amistad y su consuelo, se había adelantado en el llamado a las Abuelas, y para cuando yo hablé con la presidenta de Abuelas, ya había sido convocada una reunión de urgencia para determinar los pasos a seguir en mi caso. Llevaban mucho tiempo teniendo extremo cuidado respecto de la investigación sobre mi identidad, y nadie estaba dispuesto a tirar todo aquel trabajo por la borda. Sobre todo si ello implicaba algún tipo de daño a mi persona.
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Apenas tres días después, y sin dar siquiera tiempo a que pasase una semana desde el intento de suicidio de Raúl, me encontré con el Yuyo frente a la mesa de un bar. Me había dicho que necesitaba hablar conmigo. “Es urgente”, había sentenciado, como excusándose por interrumpir en un momento tan difícil de mi vida. O al menos eso creí cuando accedí a verlo. Los recuerdos de aquel encuentro son fragmentarios. Tras salir del bar en el que estaba con el Yuyo yo ya no sabía quién era, incapaz de procesar toda la información que había destruido mi existencia en pocos días (...). Cuando esa noche llegué a mi casa actuaba en piloto automático, moviéndome como una zombi, incapaz de cargar con el peso de lo que había sucedido. Incluso durante unos instantes estuve a punto de acabar con todo: fui al lugar donde Raúl guardaba su revólver, y me quedé mirándolo durante unos minutos que parecieron eternos mientras intentaba decidir si era capaz de vivir la vida que me tocaría a partir de entonces.
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Y así, sin que me diese cuenta, sin que fuese capaz de mensurar el verdadero alcance de lo que sucedía a mi alrededor, llegó el 24 de marzo de 2004, y con él, la inauguración del esperado Museo de la Memoria (...). En aquel acto habló Juan Cabandié, y su discurso pensando en su madre, pensando en los culpables de que no hubiera podido conocerla, haciendo referencia a quienes quisieron quitarle la vida, me hizo sentir por un instante que el esfuerzo que hacía por mantenerme entera no sería suficiente, que si relajaba un solo músculo, me derrumbaría para siempre. Hacía tan sólo dos meses que había descubierto su verdadera identidad, y desde el Gobierno le habían propuesto participar del acto. Cuando terminó de hablar, una vez al pie del estrado, lo vi llorar conmovido algo alejado de la gente. Me acerqué a él por detrás, y poniendo una mano en su hombro le dije:
–Vos, por lo menos, sabés quiénes fueron tus papás. Yo no siquiera eso.
Sabía que mi madre había entrado a la ESMA embarazada, sabía que muy probablemente yo había nacido dentro del Casino de Oficiales, igual que Juan, e incluso sospechaba fuertemente que la persona que me había tenido unos días en brazos era probablemente la misma que me había mirado desde su fotografía en la sede de Hijos.
¿Cómo era posible que mi mamá se bancase la tortura, haber estado embarazada en un campo de concentración, ver cómo se llevaban a su hija, todo por aquello en lo que creía y por lo cual dio su propia vida, y que yo no fuera capaz de tomar la decisión de sacarme unas gotas de sangre?
Tenía que entender que todo esto no se trataba de Raúl y Graciela, y ni siquiera se trataba de hacer justicia, o de juzgar a los responsables de la dictadura. Se trataba de mí, de mi identidad, de mi pasado y de mis posibilidades de un futuro. Supe que no podía seguir esperando. Era el momento de hacerme los análisis. (...)
Pasaron dos años desde que las chicas de Hermanos me habían contactado por primera vez, y más de un año desde que me dijeron que era hija de desaparecidos. Y aquel 8 de octubre, con un 99,99 por ciento se seguridad, por fin podía afirmarlo, gritarlo a los cuatro vientos, si eso era lo que quería. Y quería decirlo:
Ahora sí, mi nombre es Victoria.
fuente:pagina 12
sábado, 11 de julio de 2009
cuarto poder:estos son los que manejan los medios

Videla y los hijos del silencio. Declaraciones de José Pirillo sobre el caso Noble
Luego de una compleja cadena de silencios, José Pirillo, ex dueño del diario La Razón, profundizó sus declaraciones publicadas por Crítica de la Argentina, sobre la presunta apropiación de bebes por parte de la familia Noble.
En diálogo con Radio Universidad UBA 90.5 aseguró que Héctor Magnetto, gerente general del Grupo Clarín, le comentó que fue él mismo quien realizó los trámites ante Jorge Videla para conseguir dos chicos en adopción para Ernestina Herrera de Noble. “Se lo afirmo, se lo confirmo y lo juro ante Dios que fue así”, dijo.
El también ex banquero detalló que esta confesión se produce cuando solicitó hablar con Ernestina de Noble, dueña del diario por los compromisos previos acordados con la Junta Militar, que impedía al medio a publicar información de organismos de Derechos Humanos, accionar de las fuerzas en los años de plomo y la “adopción” de los chicos. “Como eran cosas muy delicadas pedí hablar con ella y como el cargo de él (Magnetto) era de gerente general me pareció correcto que esto lo confirmase con la dueña del diario. Se molestó un poco, me dijo que él tenía suficiente poder para hablar conmigo, porque él había conseguido los chicos para Ernestina y era el albacea de los mismos”.
Pirillo quien ingresó en la causa que se sigue en el Juzgado Federal a cargo de Conrado Bergesio por el origen de los hijos de Noble, a través de un escrito presentado por Abuelas de Plaza de Mayo, adelantó que tiene “otra información que voy a dársela al juez en su momento, pese que tome recaudos que plantee ante escribano y tenerlo certificado por lo que me pueda pasar. No quiero llevarme esto a la tumba. Yo cuento mi verdad, no abro juicio de valor sobre nadie”.
“Tengo la certeza de lo que me dijeron, no tengo certeza de que haya algún indicio que los chicos fueran del matrimonio Lanoscou Miranda”, señaló.
El relato de Pirillo corresponde cuando Alfonsín ya era presidente. “Cuando compro el diario La Razón, Patricio Peralta Ramos se queda conmigo en el diario y me dice de una serie de compromisos previos con la Junta militar por la entrega del Papel Prensa. Pido que se charle en Comité Ejecutivo, el acuerdo tenía que ver con no publicar ningún comunicado o información referida a los derechos humanos ni el accionar que tuvo en ese momento las fuerzas. Y también me comunican la procedencia de los chicos. Esto yo lo comuniqué al presidente Alfonsín y al Jefe de Inteligencia en ese momento Facundo Suárez (Lastra) y de ahí comenzó mi decadencia”, indicó.
“Yo no hablé hasta ahora porque no quería que se lo utilice políticamente, sólo a las Abuelas de Plaza de Mayo porque tengo la certeza que harían un buen uso de esto. En su momento también se lo dije al ex presidente Menem cuando yo estaba detenido por causas que se me armaron y de las cuales salí absuelto, pero estuve cuatro años detenido”. (Radio Universidad UBA 90.5)
Entrevista: Oscar Martínez Zemborain
Producción: Violeta Burkart Noe y Luciana Mazza
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jueves, 9 de julio de 2009
clase de democracia :para los que no les importa honduras
para la señora mirtha,moria y todos aquellos que estan de acuerdo con los golpes de estado.
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miércoles, 8 de julio de 2009
más sobre el fallo labolita
Juicio y castigo por Carlos Labolita
Por Luis Gerardo Del Giovanino
Días atrás, el Tribunal Oral Federal en lo Criminal de la ciudad de Mar del Plata, integrado por jueces de otro Departamento Judicial, condenó a un ex alto jefe militar, mientras absolvió en forma absoluta y terminante a otro integrante del Ejército Argentino, ambos acusados por la desaparición de Carlos Labolita en la ciudad de Las Flores. Luis Gerardo Del Giovanino, es abogado, reside en Mar del Plata, fue amigo y vecino de Labolita. Tambièn testigo de los hechos. Siguió todo el juicio oral atentamente y relata día a día los detalles del mismo.
Un hecho inédito me tiene como testigo y por ello intento dar testimonio. Un hecho inédito tiene a Las Flores, mi querido pueblo, como protagonista de una historia triste, dura, dramática, cuyas heridas no han cerrado, pese a los treinta años que han pasado. Resulta extraño escuchar nombrar tantas veces a mi pueblo en las audiencias orales y públicas del Tribunal Oral Federal en lo Criminal de Mar del Plata y leer otras tantas veces los nombres de gente conocida y apreciada en las páginas del diario “La Capital”. Es que desde el pasado 26 de mayo se esta juzgando la desaparición y muerte de Carlos Labolita.
Poco podría imaginar aquel muchacho de 24 años, militante de la Juventud Universitaria Peronista, que tanto tiempo después, su memoria y su destino fueran objeto de investigación, de debate, de juicio. Y castigo, espero, para quienes truncaron su vida y cambiaron para siempre los rostros de sus seres queridos. Y aquí estoy, testigo presencial de todo ese dolor, que vuelve a supurar con la callada esperanza de poder saber algo mas sobre su destino, totalmente desconocido y de que aquella impunidad que parecía intocable, irreversible, hoy esté sentada a la derecha del Tribunal, escuchando pacientemente o no, una a una las imputaciones por tormentos, desaparición y muerte, delitos de lesa humanidad que cometieron.
Aquí se habló de genocidio, de una organización del estado terrorista, maquinando sus acciones de aniquilamiento sobre quienes pensaban distinto. Innumerables citas de los integrantes de las Juntas Militares, fundando sus macabras maniobras, para chuparse a una generación de militantes de la que Carlos formaba parte. Aquí pude ver a las victimas y a los victimarios a un lado y al otro, igualados y civilizados por la justicia y el debido proceso, que a estos últimos les permite garantizar todos los derechos que ellos no supieron o mejor dicho no quisieron resguardar.
Se vienen jornadas muy intensas, con el testimonio de más de cuarenta personas que darán su palabra bajo juramento. Los defensores de Pedro Pablo Mansilla ahora un anciano indefenso de 77 años, general retirado, que no pareciera haber vestido nunca de verde y que hace treinta años era el dueño y señor del Area 125 del Ejército Argentino con sede en Azul y que entraba y salía de la comisaría de Las Flores, como si fuera su casa y de Guillermo Alejandro Duret, ahora de 56 años que mantiene aún su cara de militar, teniente primero por aquel entonces a cargo de la inteligencia del área, quizás tan joven como Carlos, quien fuera ascendido a Coronel durante el gobierno de De la Rúa, pese a los antecedentes que figuran en el informe de la CONADEP; prometen dar una dura batalla. Para ello se escudaran en las leyes de impunidad, obediencia debida y punto final, en el paso del tiempo, en las leyes penales mas benignas, en la caducidad de los plazos de la prisión preventiva que los tiene bajo arresto desde el año 2006, pidiendo nulidades de todo lo actuado por no haberse garantizado sus derechos de legitima defensa en juicio y recusando a los integrantes del Tribunal que los esta juzgando, entre otras maniobras dilatorias del proceso. Pero nunca alegarán inocencia, jamás pedirán perdón por haberse equivocado de persona o por haber actuado por error o en exceso, existen demasiadas pruebas de lo contrario, la re- quisitoria fiscal abunda en indicios y fundamentos de sus responsabilidades en los hechos, recogidas pacientemente durante tantos años de investigación.
Resulta curioso que aquel adolescente, que jugaba en las calles del barrio de la estación donde vivía la familia de Carlos y aún recuerda vagamente la forma en que la chusma de la cuadra hablaba del allanamiento del 30 de abril de 1976, aquella noche en que un Batallón entero del Ejercito rodeó las manzanas de mi barrio, hoy escriba estas líneas dando testimonio de todo lo que aquí, afortunadamente, empieza a suceder.
Pinta tu aldea (dos)
Dijo aquel pensador “pinta tu aldea y pintarás el mundo”. Y no se equivocaba. Un solo caso como la desaparición y muerte de Carlos Labolita, puede ayudarnos a comprender como aún hoy se siguen moviendo los hilos de un poder dictatorial, tejiendo un entramado de complicidades, encubrimientos y silencios sospechosos. Como el miedo sigue paralizando almas y escondiendo verdades que pretenden no descubrirse jamás. Pesa más el comportamiento del prójimo que elige mirar para otro lado que el del propio monstruo que escoge su presa y la devora. Lo que sucede en la aldea es que todos tenemos nombres y apellidos, nos conocemos bien, los Judas caminan a nuestro lado y pretenden que el olvido borre sus conciencias para no ser señalados, por aquello que sucedió hace demasiados años.
A partir de la próxima audiencia oral y pública los testigos empezarán a develar los pormenores de lo macabro, e incluso se intentará juzgar a la victima, para justificar lo injustificable. Mi pueblo mirará con atención, algunos para hacer leña de algún árbol caído, otros quizás para buscar carroña donde solo hay dolor y sufrimiento por una ausencia de 32 años, todavía sin justicia.
El tribunal decidió ir para adelante, rechazar todas las cuestiones previas opuestas por la defensa de los dos imputados, que fundaron todo lo imaginable menos su inocencia y se abrirá el debate que develará públicamente aquella historia de un militante peronista, estudiante de historia, que por aquellas cuestiones del infierno grande, estaba en la mira de los usurpadores del poder y de sus obedientes esbirros, que por convicción, deprecio, envidia o miedo entregaron la vida de un conciudadano comprometido con su presente. Una explicación sociológica habla de dos tipos de muertes: la numérica y la que se produce por consecuencia de un sacrificio. Carlos formaba parte de los 30.000 y en este proceso inédito por delitos de lesa humanidad, seremos testigos de su compromiso y su sacrificio, pese a que algunos pretendan que solo siga siendo un número.
La vida es lucha, la lucha es vida (3)
“Tenia muchas capacidades”…”gran lector”…“trabajaba de disc jockey, de lavacopas”…”militaba en el Peronismo de Base, la Juventud Peronista, en la Organización Montoneros”…”estudia poco, milita mas”…”la militancia pasa por las convicciones...” Escribo estas palabras mientras escucho la voz de Gladys pronunciándolas en el Tribunal Oral Federal de Mar del Plata, ante una au diencia silenciosa, tensa y atenta a cada una de sus expresiones. Pienso, cuantas veces habrá imaginado este momento, en estos 32 años, cuantas veces habrá ensayado ante el espejo o en su cabeza, como ordenar todas las ideas, no olvidarse de nada y reconstruir los hechos con la mayor fidelidad posible, sin que la emoción traicione la claridad del relato. Entre todo lo dicho, me cuesta elegir el título de esta parte de la nota. La dedicatoria de aquel libro, que Carlos le regaló a su hermana para su cumpleaños de quince y que ahora se intenta incorporar como prueba documental, me resuelve la cuestión y no me quedan dudas: ese juego de palabras sintetizan aquella vida cegada por la dictadura, esta lucha de quien pacientemente logró poner a estos represores ante la justicia, buscando el juicio y castigo tantas veces proclamado. El relato es firme, conciso, convincente, va destejiendo con sus palabras la trama de lo oculto, lo prohibido, aquello que en el pueblo algunos contaban por lo bajo y otros distorsionaban convenientemente según sus propios prejuicios o sus oscuras intenciones, los miedos y las complicidades deforman la verdad y atentan contra la memoria.
Carlos era un símbolo de lo que no se debía hacer, de novio con una chica cinco años mayor, peronista por convicción, preocupado por la realidad, que editaba una revista estudiantil en la Escuela Normal, que además tocaba la guitarra, trabajaba por la noche en los boliches de la zona y que para colmo se había ido del pueblo, para estudiar sociología en La Plata. Estos comportamientos libertarios suelen pagarse muy caro en el pueblo, todo lo malo que sucedía lo tenia a él como protagonista, desde el copamiento del Regimiento de Azul, hasta la muerte de un taxista. “Carlitos” era el subversivo de Las Flores y a la chusma de la aldea, poco le importaba saber de su decisión de alejarse de Montoneros, cuando no aceptó pasar a la clandestinidad ni sumarse a la lucha armada. Su destino ya estaba marcado irremediablemente, por eso sucedió lo que debía suceder.
Aquel pasado merecía ser revisado y al fin llegaba el momento, Gladys reconstruye cada tramo de la noche del 30 de abril, madrugada del 1 de mayo de 1976, cuando la despertaron abruptamente un grupo de militares, vestidos de civil que luego de destrozar toda la casa de Labolita buscando una libreta, una valija y armas, que no encuentran, la encierran en la cocina, poniéndola frente a una persona encapuchada, descalza y con signos de haber sido torturada, que reconoce por el pantalón de corderoy que llevaba puesto y que le dice “vieja” como Carlitos la llamaba a ella... ”hace cinco días que me tienen en la parrilla” rogando todo el tiempo para que no le hagan nada. Después los sacan a los golpes de la casa y los pasean por todo el pueblo en dos autos, los llevan cerca del Bowling, que si mal no recuerdo se llamaba “Tijuana”, en el centro y a la casa de Oro Bernasconi, un amigo que todos sabían que ya no estaba en las Flores, hasta dejarla al descampado en las afueras del pueblo. Remata su relato con una frase que me sigue conmoviendo, por su simpleza e inocencia “No sabíamos que esas cosas podían pasar”.
Y a partir de aquellos hechos y de este relato, los dos policías conocidos que se habían llevado a Carlos, transformados en seres extraños, violentos y desalmados y aquel otro policía amigo del barrio que dejó de saludarlos y 32 años después los vuelve a negar, como Pedro negó a su maestro, pese a su actual condición de diacono…el testigo se olvida de lo inolvidable, se esconde de su propia evidencia, se ampara en los años y saldrá corriendo del tribunal a pedir perdón a la iglesia. Este juicio tiene mucho por mostrar, la lucha de Gladys no ha sido en vano, aquella noche en la que la despertaron a los golpes, dormía sedada por barbitúricos, que le hicieran calmar su angustia y desesperación por la detención de su marido y esta noche cuando apoye su cabeza en la almohada, quizás lo haga sintiendo algo parecido a la paz.
La “comiseria” del “comi” serio (4)
A mí, que “me” fuimos de Las Flores, poco tiempo después de concluida la dictadura militar, me quedó grabado un estigma que aún me acompaña. Si me toca pasar de a pie por la esquina de Moreno y Arostegui, instintivamente cruzo a la vereda de enfrente, como me recomendaban mis mayores. Es que allí esta la comisaría y aunque hoy parezca un chiste, daba miedo pasar por allí, como tantos otros lugares que tenían los carteles de “zona restringida”. En estas audiencias orales y públicas por la aplicación de tormentos, desaparición y muerte de Carlos Labolita, uno de los policías llamados a testimoniar ha dibujado en un pizarrón del Tribunal un croquis de la dependencia policial, vaya paradoja, pegadito al dibujo de la casa de Labolita, hecho días atrás por la esposa “Carlitos” tal como la querella y la defensa llama a la victima para diferenciarlo de su padre, que pacientemente ocupa día a día, la primera fila de butacas de la sala de audiencias. Los policías de entonces, hoy señores mayores ya felizmente jubilados, se desviven por demostrar como era el funcionamiento de la seccional, durante el tiempo en que los militares la habían intervenido. Lugares del interior a donde los agentes de menor rango no podían acceder, como el baño o la cocina y otro cartel que indicaba zona restringida en el sector de los calabozos. La existencia de supuestos “grupos de tareas” que se movilizaban de noche o de tardecita. “Centro de Operaciones” o el mas contundente y estremecedor “Base Temporaria de Combate de las Flores” fueron los términos que utilizaron los testigos para describir como se movían los militares con total libertad vistiendo de combate sin distinción de jerarquías, movilizándose en un Falcon verde.
La presencia periódica del responsable del Area 125 de Azul, coronel Mansilla y de otros oficiales, entre ellos a un joven, rubio y alto, que recuerdan con el nombre de Duret en el despacho del Comisario. Pero, que curiosa es la memoria, como se vuelve tan selectiva con los años, que alguien puede recordar que Labolita era su compañero de estudios, pero a su vez, no recordar haberlo detenido la noche del 25 de abril de 1976 por una orden superior y depositar dicha responsabilidad en un colega, que demoró su declaración mediante la presentación de un certificado médico, como el que ubicó su paradero, comunicó la novedad al jefe del área y finalmente detuvo al joven montonero, cuestión que seguro tendrá su nuevo capitulo en futuras audiencias. O el otro ex policía que se desempeñaba como jefe de calle y no recuerda como llegó al libro de novedades su firma, en las paginas donde se anotó la detención de Labolita. Estos servidores públicos ya declararon más de una vez en la causa; lo hicieron en el año 1984 y en 2005, sin embargo cada vez recuerdan menos. Contrasta sus débiles memorias con su buen estado de salud física y pareciera que les incomodara repetir lo que alguna vez dijeron y ya no recuerdan. Si no fuera una cuestión tan dolorosa y trágica, sería cómico, porque algunos testimonios resultan, al menos, muy poco serios.
Entre la amnesia y la auto incriminación (5)
Las audiencias orales y públicas por la aplicación de tormentos, desaparición y muerte de Carlos Labolita han cambiado completamente. La rozagante figura de los policías retirados, que al menos aparentan buen estado de salud física, aunque sufren un grave deterioro de sus memorias; contrasta con la imagen de los militares retirados, que en su “generalidad”, vaya juego de palabras, aparecen muy desmejorados de salud, tanto física como psíquica. Ahora todos señores, muy mayores, con envidiables conocimientos sobre técnicas y estrategias de la organización de las unidades militares, dieron clase sobre las particularidades del orden interno, su estructura vertical y piramidal, la plana mayor, el estado mayor, las unidades de personal, inteligencia, logística y operaciones. Las diferencias entre compañía, escuadrón, unidad o batería, el servicio de semana, el adiestramiento de la tropa y la existencia de calabozos en la guardia donde los soldados que cometían alguna falta, purgaban sus condenas disciplinarias.
Fue en este punto,donde se cortó la declaración del coronel retirado Ricardo Russi, segundo Jefe del Grupo de Artillería de Azul, lugar a donde fue trasladado Labolita. Es preciso aclarar, que un juicio oral se parece mucho a una partida de ajedrez, donde los tiempos y las oportunidades pueden hacer variar los resultados de la contienda y los jugadores deben saber cuando poner en juego determinadas piezas, en procura de lograr el resultado más adecuado a sus intereses. El vocal del tribunal Dr. Rozansky, interrumpió la declaración del ex militar, que sentado en el banquillo de los testigos, por sus propios dichos y por la cercanía con los hechos investigados se transformaba en el banquillo de los acusados… Es clara la Constitución, nadie esta obligado a declarar en su propia contra y Ricardo Russi se aproximaba a una encerrona. ¿es posible que el codo no sepa lo que el hombro lo ordena hacer a la mano? Su condición de segundo jefe lo ponía bajo las ordenes de Mansilla (Jefe del grupo) y ordenando a Duret (Jefe a cargo de inteligencia). Además el testigo había cumplido tareas gubernamentales en la Municipalidad de las Flores, como interventor militar, durante aquellos ajetreados primeros días del proceso de reorganización nacional. “Hasta aquí llegó su declaración” le comunicó el Presidente del Tribunal y muchos nos quedamos con las ganas de saber ¿como había hecho para no estar sentado entre los dos imputados?, ¿cuales fueron sus salvoconductos para no haber declarado nunca en esta causa?, ¿qué ordenes habría cumplido o impartido como interventor de la Municipalidad local?…
Lo cierto es que estos militares nunca se enteraron de la existencia de "la lucha contra la subversión", ni incidentes por detenciones de personas que no fueran militares, ni la existencia de grupos de tareas, mucho menos de acciones antiterroristas y ni si quiera recordaron haber leído instructivos militares que pautaban la metodología represiva, por lo que menos podían recordar la incineración de toda documentación u ordenes de detención ordenadas, desde las altas cúpulas del Ejercito, poco antes de recuperada la democracia. Para la historia oficial Carlos Alberto Labolita fue liberado en Tandil, por falta de mérito en fecha y lugar imposibles de determinar, tal como lo suscribiera en los años 80, el por aquel entonces Jefe del Estado Mayor del Ejercito, Edgardo Calvi, en respuesta a un oficio solicitado desde el Juzgado Federal de Azul y quien ahora llamado como testigo, no recordó nada de los hechos y minimizo la cuestión al asegurar que por aquel entonces se firmaban gran cantidad de papeles por día. Tantos interrogantes que quizás sean motivo de otro proceso o tal vez se esfumen en la nada, como se esfumó Carlitos hace treinta y dos años.
Tiburón, delfín y “cornalito” (6)
Si quieren conocer un cuadro, un verdadero cuadro del Ejercito Argentino, den se un vuelta por el Tribunal Oral Federal de Mar del Plata y descubran al Coronel Alejandro Duret. Su pulcritud y elegancia, su impecable traje gris, sus modales entre finos y autoritarios, desplegados ante el auditorio durante su extensa declaración indagatoria, con dos cuartos intermedio incluidos, que incluyó una carpeta de apoyo, gruesos fibrones de colores y un pizarrón con láminas que iban pasando, en la medida que eran llenadas de cuadros y pirámides, con las que explicaba detalladamente las estructuras políticas y militares existentes en la época en que sucedió la desaparición de Carlos Labolita, se parecían mas a una clase magistral, que a un acto de defensa en juicio.
Su estrategia, o mejor dicho su táctica militar de combate, consistía en ilustrar al Tribunal sobre conocimientos adquiridos durante más de cuarenta años en el Ejército Argentino y su falta total de responsabilidad en los sucesos juzgados. “Jamás acepté una orden ilegal”, “no lo conocí a Labolita y si hubiera sabido algo de él se lo hubiera dicho a sus familiares”, “nada justifica lo que le paso”, “yo solo soy un chivo expiatorio”, “sé que muchos me ven ahora como un tiburón, pero por entonces, aquel teniente primero Durét era un cornalito”… El recurso de utilizar la tercera persona del singular, suele ser útil para desvincularse de las responsabilidades que tenía aquel joven brillante, que con solo 23 años ya había recibido dos ascensos y que dos meses antes de los hechos, lo designaran responsable del Area de Inteligencia del Grupo de Artillería Uno de Azul. Cierto es que no conocían la zona de combate y que la información que recibían era suministrada por la policía: los militares viven aislados de la sociedad, son trasladados de destino continuamente y duermen en barrios militares, no conocen direcciones de calles, rutas, fábricas, escuelas, clubes, etc y mucho menos población, dirigentes, profesionales o personas, “no sabíamos donde estábamos parados”, afirmó ante el Tribunal sin dudarlo. Eran una fuerza ciega, que requerían del lazarillo para encaminar sus acciones y esta no fue la excepción. Ni tanto, ni tan poco, ni tiburón, ni cornalito, su estirpe lo ubica como una pieza clave de este ajedrez, sus movimientos fueron oblicuos, recorriendo con habilidad la totalidad del tablero comprendido por el Area 125, que incluía la ciudad de las Flores, sin temor a equivocarme, Durét era un delfín.
La verdad se cuela entre las grietas de la impunidad (7)
Tiempo de alegatos en el juicio oral y público por la aplicación de tormentos desaparición y muerte de Carlos Labolita. Mas de 8 horas duraron los fundamentos de la querella y la fiscalía que buscaron describir retazos de verdad ante la ausencia de evidencias directas y acabadas, de las imputaciones vertidas. El largo tiempo transcurrido, el impune manejo del poder que permitió la desaparición del cuerpo y la incineración de documentos militares, el fallecimiento de testigos claves como el mismísimo comisario Liste, que recibió la orden de detención e hizo cumplir su cometido, entre otros, conforman un rompecabezas al que a cada paso le faltan piezas. La presentación oral del Dr. Cesar Sivo, representante de la familia de la victima resultó contundente desde lo teórico, escalofriante desde la descripción del accionar sistemático de los grupos de tareas conformados por las fuerzas armadas, descriptivo del sentido que tuvieron los hechos en cuanto a las razones que condenaron a Labolita a sufrir su calvario, pero lamentablemente insuficiente, pese a la impecable destreza del letrado de imputar con prueba directa este delito de lesa humanidad a los dos acusados.
Con el correr de los días, lo que más me impacta son los detalles, aquellas pequeñas señales, acaso insignificantes, esparcidas entre los hechos que rodearon la tragedia y que nos están diciendo algo. Es sorprendente como imperceptibles eventos, pueden constituirse en indicios de lo sucedido, afirmaciones dichas al pasar, muchas veces sin conciencia por parte de los autores de su importancia y significación. Voy a señalar al menos tres, rescatadas por el mismo abogado en su relato, que si bien no ponen el arma asesina en las manos de los imputados, muestran pese a sus reiteradas negativas, su conocimiento y responsabilidad sobre el destino de Carlos. La primera tiene que ver con el color de un auto, un Renault 12 “blanco”, el vehículo particular de Duret por aquellos tiempos, en varios relatos de testigos aparece en lugares claves como la puerta de la comisaría de Las Flores, luego, persiguiendo a prudencial distancia la camioneta de la policía que trasladaba a Labolita al cuartel de Artillería de Azul, estacionado en el sector de inteligencia de dicho cuartel y fundamentalmente, es el que reconoce Gladys Dalesandro, esposa de Labolita, cuando es secuestrada por una patota militar, el mismo día que ve por ultima vez a su marido, encapuchado, descalzo y esposado, durante el allanamiento que hacen a su casa, donde buscando armas y direcciones, destruyen además todo a su paso y acarrean con publicaciones consideradas subversivas.
Otro detalle son las esposas, un instrumento de seguridad solamente utilizado por la policía -nunca por el ejército- con las que fue bajado del móvil policial en Azul. El chofer llamado Blanco, que declaró como testigo, recordó después de treinta y dos años, que nunca más le devolvieron aquellas esposas, pese a que las reclamó en varias oportunidades. Incluso detalló que él se quedo con las llaves de las mismas. Claro está, que jamás se las sacaron a Labolita y a partir de allí sufrió todos sus tormentos esposado hasta su fin.
Hay otro indicio que surge, curiosamente, de una nota firmada por la vicedirectora de la Escuela Normal, quien recuerda, que él por aquel entonces Teniente Duret se opuso a que los compañeros del padre de Carlos ayudaran a su familia haciendo una colecta, debido a que en su casa habían encontrado material subversivo. Vaya casualidad, ese material fue el que había sido retirado de la casa durante el allanamiento donde fue llevado Labolita, como ya se dijo: esposado, encapuchado y con signos de haber sufrido picana eléctrica y en el que según dichos de testigos, intervino un joven rubio, alto y de ojos claros, fisonomía similar al ex militar hoy acusado.
Pero quizás, el detalle mas sutil haya pasado por las palabras utilizadas por el mismo Duret en su declaración indagatoria, cuando se refirió al termino “colaterales” al querer decir, que no existían acciones fuera del orden oficial instituido desde las jefaturas militares. Justamente así con el término “colateral”, se identificaba internamente a estas acciones ilegales de lucha contra la subversión.
Un juicio se nutre no solo de lo que se dice y se ve en las audiencias, también los documentos y las declaraciones de quienes ya no están, son incorporados para su valoración y ayudan a formar el criterio de los magistrados al momento de decidir el veredicto y dictar sentencia. La verdad luce escondida entre las grietas de la impunidad, es preciso despejar todos los escombros y las trampas puestas en el camino para llegar a ella, no será tarea sencilla, para colmo la defensa espera como un animal encerrado, el momento de atacar para hacer jirones, con su formidable máquina de impedir, la paciente reconstrucción de los hechos que con tanto esfuerzo se viene intentando desde hace 32 años, cuando no había Estado de derecho para las victimas. Hoy rigen todas las garantías que se negaron por entonces y que en última instancia resultan ser la única defensa con la que cuentan estos represores.-
El día anterior (8)
Los abogados tenemos la costumbre de leer las sentencias de atrás para adelante. Cuando sabemos que se ha tomado una resolución sobre uno de nuestros casos, no podemos con la ansiedad y vamos rápidamente, a la parte resolutoria, al fallo, al veredicto. Después tendremos tiempo para analizar los fundamentos, criticarlos o alabarlos según satisfaga o no lo resuelto. Quizás suceda lo mismo con estas reflexiones tan efímeras, tan perennes, tan con fecha de vencimiento. Ya se ha dicho,que es muy fácil escribir el diario del lunes con todos los resultados puestos, solo es cuestión de interpretarlos y darles una explicación.
Es por eso que sin el resultado de mañana pretendo pensar y compartir algunas ideas, sobre contingencias que atravesaron el juicio oral por la desaparición y muerte de Carlos Labolita, cuestiones que jamás pudieron preverse, que a mi juicio pueden jugar un papel central en la decisión de los magistrados y que prefiero hacerlas públicas ahora antes de tener la certeza de los hechos martillándome en la cabeza. Una de ellas es esta psicosis generada por la “Gripe A”, que no deja recoveco posible entre las informaciones que reflejan los medios y es por eso que cuestiones de gran repercusión pública como un juicio por delitos de lesa humanidad y genocidio, pueda pasar desapercibido para la mayoría de los con ciudadanos. Una noticia tapa a otra y nuestra agenda mental no es infinita. Seguro los jueces tendrán menor exposición por su decisión y se sentirán menos observados. Otra contingencia y esta sí de gran trascendencia, es el resultado de las elecciones del pasado domingo, pues nadie podría haber imaginado que caerían entre los alegatos y el veredicto, justamente en un juicio con reminiscencias del pasado y con la participación protagónica de los organismos de derechos humanos. Aquellas afirmaciones de los dos modelos en pugna y la interpretación política que desde la defensa se le da a este juicio, “soy un chivo expiatorio” dijo Duret uno de los acusados, durante su indagatoria disfrazada de clase magistral sobre política militar y movimientos ideológicos mundiales que sustentaron la luchas subversivas y que hicieron eclosión en la década del setenta.
Dice una canción de los Redondos.. “todo preso es político”..y esta afirmación le viene muy bien a los imputados. Un poder que cambió de manos y genera un justo revisionismo de lo sucedido con una generación militante que perdieron sus vidas y un pasado que insiste en perpetuarse reinventándose a cada paso, buscando recuperar los espacios de poder que perdieron por su propia inoperancia. Allí también se encuentra inserto este juicio. Los hechos están, Carlos Alberto no volvió nunca mas, por una orden militar fue arrestado y derivado a un regimiento de Azul, la historia oficial dice que después lo dejaron en libertad por falta de mérito, sin determinar ni tiempo ni lugar. Los responsables del Area están en el banquillo de los acusados, ahora solo falta la voluntad de interpretar los hechos y decidir con templanza y convicción el destino de estos “peces”, como ellos mismos se catalogaron “se que hoy muchos me ven como un tiburón, pero aquel teniente Duret era un cornalito”, hábiles y escurridizos que durante estos últimos 32 años esquivaron las redes de a justicia y hoy lucen en una pecera, ¿como saber por cuanto tiempo?..
Estas reflexiones se autodestruirán en minutos, cuando sepamos el veredicto, quizás a la vuelta de esta misma página y muchos que solo buscan el final de la historia, no lleguen ni siquiera a leerlas.
Un vino llamado Montonero (9)
Aún me tiemblan las manos al escribir estas líneas, me desparramo sobre el teclado, con la sangre caliente y el resonar de los bombos de los organismos de derechos humanos, que se amucharon en las puertas del Tribunal Oral Federal de Mar del Plata, a esperar el veredicto del juicio. Se dice que cuando uno debe decidir sobre algo debe tomar distancia y poner la sangre fría.
Esta no es la ocasión, nada se dice que para escribir lo que se siente deba alejarme demasiado de los hechos. Vomito lo que miro: desazón, desconsuelo, llantos, lagrimas, pesadumbre, la sentencia me martilla en la cabeza. Es cierto que siempre queremos más y solo se hace lo que se puede, acaso solo lo que nos dejan, para no llegar a lo obsceno de sentir, que no se puede hacer nada. El ex coronel Mansilla, dueño y señor de la vida y de la muerte en el Area 125 del Ejercito Argentino, que comprendía el partido de Las Flores, ha sido condenado, por los delitos de tormentos, desaparición y muerte de Carlos Labolita.
Poco queda de aquel poderoso militar, hoy es un anciano de 77 años, que con achaques se sentó en el banquillo de los acusados, cuando tuvo la oportunidad de decir unas últimas palabras antes de escuchar la sentencia, purgará su condena en su domicilio, cuestión inexplicable por la característica de los delitos que se le imputan y por los que. reitero, ha sido condenado. El por aquel entonces teniente Duret fue absuelto de culpa y cargo, en minutos dejará la Unidad Penitenciaria Número 44 de Batan y después de 3 años y algunos meses volverá a su casa, el ahora coronel retirado, como buen pez: recordemos que dijo ser un cornalito, que muchos lo veían como un tiburón, logró eludir otra vez las redes de la justicia. El tribunal por mayoría hizo valer sus garantías constitucionales, una defensa técnicamente impecable, que logró imponer la duda sobre su participación en los hechos.
Mucho ayudaron las amnesias de algunos ex policías, los testigos que lamentablemente fallecieron y fundamentalmente el tiempo transcurrido. Tres décadas de paciente reconstrucción de la memoria, armada a pedazos entre el miedo, la impunidad y la connivencia de quienes podían aportar datos para el esclarecimiento del trágico destino de Carlitos. Una familia sola luchando contra el olvido, la indiferencia de todos y las adversidades que presentaba aquella frágil democracia de la primavera alfonsinista.
Aunque no parezca se ha logrado mucho, los jueces dieron por probado que Carlos Labolita sufrió tormentos, su desaparición y por último la muerte, hoy se condenó al responsable mediato, quizás el arma asesina siga libre, no por mucho tiempo, tendrá que asumir su defensa por la desaparición del conscripto Thomas, sucedida en el mismo regimiento donde Duret era responsable del Area de Inteligencia o la segunda instancia de esta misma causa por ante el Tribunal de Casación, quien podrá revisar este fallo y dar por probada su participación en estos hechos.
La esperanza, que es lo último que se pierde, esta alimentada porque el fallo fue dividido y uno de los magistrados votó en disidencia, será cuestión de conocer sus fundamentos para apelar en consecuencia. Seguirán Gladys y Carlos Orlando buscando justicia, con la misma paciencia y tenacidad con la que hoy esperaban sentados en la primera fila de la sala de audiencias el veredicto. Sus luchas no han sido en vano, cientos de conciencias se van despertando gracias a sus testimonios de no dar lugar al olvido, ni a la impunidad. Me contaba Carlos en esos cuartos intermedios interminables y a la vez ricos en anécdotas de tiempos idos, que por los setenta había un vino blanco medio dulzón, que se llamaba “Montonero”, que vendía al por mayor un policía, que tenia un almacén por el barrio y que cada vez que pasaba frente a su casa, con el camión de reparto sacaba la botella por la ventanilla y festejaba la militancia de su hijo, gritando algo así como “arriba Montonero”…
Hoy el policía sufre de una extraña falta memoria, por lo que hace tiempo dejó de saludarlo y cuando declaró en este juicio ni siquiera recordó haber conocido a Labolita …No importa vaya él con su amnesia, pese a la bronca que aun me paraliza frente al teclado, pienso que seria bueno conseguir una botella de aquel vino, para brindar por Carlitos y su fraternal y entrañable familia, que lo sigue defendiendo y abrazando en esas remeras blancas, que hoy inundaron la sala de audiencias con su rostro joven y luminoso, reclamando por esa justicia, que aún no alcanza.
La Justicia que mira y no ve... (León Greco, La memoria) (10)
Pasó el vendaval, las aguas se aquietan y podemos reflexionar con más nitidez y menos espasmos de dolor e indignación para poder aprender algo de todo lo sucedido. Ya dije que es fácil escribir el diario del lunes y no quiero entrar en lugares comunes, de lo que pudo haberse hecho y no se hizo o en culparnos de nuestra propia incapacidad para ver mas haya de lo evidente.
En el transcurso del juicio conversaba con uno de los fiscales que me decía que estas audiencias no debían haberse realizado en Mar del Plata y comparto su opinión. Me pregunto ¿cuánto pueden saber los Nelson Jaraso, Alejandro Esmoris y hasta el mismo Carlos Rosansky de Las Flores? ¿Cuántas veces habrán pasado por allí? ¿Alguna vez caminaron sus calles? ¿Conocieron la Escuela Normal, el barrio y la casa de la familia Labolita? ¿Recorrieron la comisaría, cuyo plano dibujado torpemente por un ex policía en una pizarra, intentaba ilustrar a los integrantes del tribunal sobre cada uno de los sectores comprometidos con el caso, como la guardia, el despacho del comisario, la zona de calabozos, la cocina y los baños?
La justicia para ver, debe comprometerse con el lugar de los hechos, con su gente, con la memoria y la historia que guarda cada rincón. Quizás el salón del Concejo Deliberante del Palacio Municipal de Las Flores hubiera sido el espacio mas apropiado para el desarrollo del debate. No es solamente una familia la que espera justicia, también hay todo un pueblo que aguardó. a través de los medios, conocer las contingencias de cada sesión. O acaso el juicio debió realizarse en Azul, sede natural de los tribunales federales de primera instancia, donde se instruyó la totalidad de la causa y lugar donde Carlitos sufrió los tormentos y muy probablemente su desaparición y muerte, en el batallón de Artillería Uno.
Cuando las causas salen de sus lugares propios tienden a desnaturalizarse, es como que las victimas además de serlo, deben jugar de visitantes, si lo comparamos con un partido de fútbol y los victimarios se sienten más libres, por no sufrir el acoso de un ambiente hostil o al menos adverso a sus deseos. Y cuando hablo de victimarios no solo me refiero a los dos acusados, sino también a algunos testigos, ex policías cuyo compromiso con el esclarecimiento de los hechos resulto patético y cobarde, actitud que deberemos recriminarles de por vida. No es lo mismo terminar de declarar e inmediatamente volver a caminar por las calles del pueblo, ante la mirada de conocidos, familiares, vecinos y amigos, que perderse en una multitud anónima de una ciudad como Mar del Plata. Quienes vivimos en el pueblo conocemos muy bien la diferencia.
Dentro de las pruebas con las que pueden contar los jueces para buscar reconstruir los hechos y encontrar la verdad de lo sucedido existe una que se llama “vi sita ocular”. El magistrado se constituye en el lugar y toma conocimiento directo del ambiente, de las formas, del aire y la energía que guarda el sitio. Recuerdo el impacto del protagonista de la película “El lector” cuando recorre minuciosa mente los pasillos de los campos de concentración y las cámaras de gas, para comprender la dimensión de los crímenes cometidos en el holocausto judío. Los espacios para la memoria como la ESMA, resultan indispensables para generar conciencia y contemplar las cicatrices del horror. Pero volviendo a Carlos Labolita, desgraciadamente no se pudo saber dónde y cuándo sufrió su calvario; no contamos con un lugar determinado, solo aproximaciones, acaso simbólicas, de las dependencias militares a donde fue conducido y de donde se desvaneció.
Es por esto que los ámbitos donde se debía llevar a cabo el juicio hubieran resultado de una invalorable ayuda para los funcionarios que tuvieron la responsabilidad de interpretar los hechos; aunque algunos indicios me llevan a presumir que la suerte estaba echada de ante mano y que la justicia solo se animó a mirar.
Luis Gerardo Del Giovannino
Abogado
Mar del Plata, julio 2009
fuente:el ortiba
Por Luis Gerardo Del Giovanino
Días atrás, el Tribunal Oral Federal en lo Criminal de la ciudad de Mar del Plata, integrado por jueces de otro Departamento Judicial, condenó a un ex alto jefe militar, mientras absolvió en forma absoluta y terminante a otro integrante del Ejército Argentino, ambos acusados por la desaparición de Carlos Labolita en la ciudad de Las Flores. Luis Gerardo Del Giovanino, es abogado, reside en Mar del Plata, fue amigo y vecino de Labolita. Tambièn testigo de los hechos. Siguió todo el juicio oral atentamente y relata día a día los detalles del mismo.
Un hecho inédito me tiene como testigo y por ello intento dar testimonio. Un hecho inédito tiene a Las Flores, mi querido pueblo, como protagonista de una historia triste, dura, dramática, cuyas heridas no han cerrado, pese a los treinta años que han pasado. Resulta extraño escuchar nombrar tantas veces a mi pueblo en las audiencias orales y públicas del Tribunal Oral Federal en lo Criminal de Mar del Plata y leer otras tantas veces los nombres de gente conocida y apreciada en las páginas del diario “La Capital”. Es que desde el pasado 26 de mayo se esta juzgando la desaparición y muerte de Carlos Labolita.
Poco podría imaginar aquel muchacho de 24 años, militante de la Juventud Universitaria Peronista, que tanto tiempo después, su memoria y su destino fueran objeto de investigación, de debate, de juicio. Y castigo, espero, para quienes truncaron su vida y cambiaron para siempre los rostros de sus seres queridos. Y aquí estoy, testigo presencial de todo ese dolor, que vuelve a supurar con la callada esperanza de poder saber algo mas sobre su destino, totalmente desconocido y de que aquella impunidad que parecía intocable, irreversible, hoy esté sentada a la derecha del Tribunal, escuchando pacientemente o no, una a una las imputaciones por tormentos, desaparición y muerte, delitos de lesa humanidad que cometieron.
Aquí se habló de genocidio, de una organización del estado terrorista, maquinando sus acciones de aniquilamiento sobre quienes pensaban distinto. Innumerables citas de los integrantes de las Juntas Militares, fundando sus macabras maniobras, para chuparse a una generación de militantes de la que Carlos formaba parte. Aquí pude ver a las victimas y a los victimarios a un lado y al otro, igualados y civilizados por la justicia y el debido proceso, que a estos últimos les permite garantizar todos los derechos que ellos no supieron o mejor dicho no quisieron resguardar.
Se vienen jornadas muy intensas, con el testimonio de más de cuarenta personas que darán su palabra bajo juramento. Los defensores de Pedro Pablo Mansilla ahora un anciano indefenso de 77 años, general retirado, que no pareciera haber vestido nunca de verde y que hace treinta años era el dueño y señor del Area 125 del Ejército Argentino con sede en Azul y que entraba y salía de la comisaría de Las Flores, como si fuera su casa y de Guillermo Alejandro Duret, ahora de 56 años que mantiene aún su cara de militar, teniente primero por aquel entonces a cargo de la inteligencia del área, quizás tan joven como Carlos, quien fuera ascendido a Coronel durante el gobierno de De la Rúa, pese a los antecedentes que figuran en el informe de la CONADEP; prometen dar una dura batalla. Para ello se escudaran en las leyes de impunidad, obediencia debida y punto final, en el paso del tiempo, en las leyes penales mas benignas, en la caducidad de los plazos de la prisión preventiva que los tiene bajo arresto desde el año 2006, pidiendo nulidades de todo lo actuado por no haberse garantizado sus derechos de legitima defensa en juicio y recusando a los integrantes del Tribunal que los esta juzgando, entre otras maniobras dilatorias del proceso. Pero nunca alegarán inocencia, jamás pedirán perdón por haberse equivocado de persona o por haber actuado por error o en exceso, existen demasiadas pruebas de lo contrario, la re- quisitoria fiscal abunda en indicios y fundamentos de sus responsabilidades en los hechos, recogidas pacientemente durante tantos años de investigación.
Resulta curioso que aquel adolescente, que jugaba en las calles del barrio de la estación donde vivía la familia de Carlos y aún recuerda vagamente la forma en que la chusma de la cuadra hablaba del allanamiento del 30 de abril de 1976, aquella noche en que un Batallón entero del Ejercito rodeó las manzanas de mi barrio, hoy escriba estas líneas dando testimonio de todo lo que aquí, afortunadamente, empieza a suceder.
Pinta tu aldea (dos)
Dijo aquel pensador “pinta tu aldea y pintarás el mundo”. Y no se equivocaba. Un solo caso como la desaparición y muerte de Carlos Labolita, puede ayudarnos a comprender como aún hoy se siguen moviendo los hilos de un poder dictatorial, tejiendo un entramado de complicidades, encubrimientos y silencios sospechosos. Como el miedo sigue paralizando almas y escondiendo verdades que pretenden no descubrirse jamás. Pesa más el comportamiento del prójimo que elige mirar para otro lado que el del propio monstruo que escoge su presa y la devora. Lo que sucede en la aldea es que todos tenemos nombres y apellidos, nos conocemos bien, los Judas caminan a nuestro lado y pretenden que el olvido borre sus conciencias para no ser señalados, por aquello que sucedió hace demasiados años.
A partir de la próxima audiencia oral y pública los testigos empezarán a develar los pormenores de lo macabro, e incluso se intentará juzgar a la victima, para justificar lo injustificable. Mi pueblo mirará con atención, algunos para hacer leña de algún árbol caído, otros quizás para buscar carroña donde solo hay dolor y sufrimiento por una ausencia de 32 años, todavía sin justicia.
El tribunal decidió ir para adelante, rechazar todas las cuestiones previas opuestas por la defensa de los dos imputados, que fundaron todo lo imaginable menos su inocencia y se abrirá el debate que develará públicamente aquella historia de un militante peronista, estudiante de historia, que por aquellas cuestiones del infierno grande, estaba en la mira de los usurpadores del poder y de sus obedientes esbirros, que por convicción, deprecio, envidia o miedo entregaron la vida de un conciudadano comprometido con su presente. Una explicación sociológica habla de dos tipos de muertes: la numérica y la que se produce por consecuencia de un sacrificio. Carlos formaba parte de los 30.000 y en este proceso inédito por delitos de lesa humanidad, seremos testigos de su compromiso y su sacrificio, pese a que algunos pretendan que solo siga siendo un número.
La vida es lucha, la lucha es vida (3)
“Tenia muchas capacidades”…”gran lector”…“trabajaba de disc jockey, de lavacopas”…”militaba en el Peronismo de Base, la Juventud Peronista, en la Organización Montoneros”…”estudia poco, milita mas”…”la militancia pasa por las convicciones...” Escribo estas palabras mientras escucho la voz de Gladys pronunciándolas en el Tribunal Oral Federal de Mar del Plata, ante una au diencia silenciosa, tensa y atenta a cada una de sus expresiones. Pienso, cuantas veces habrá imaginado este momento, en estos 32 años, cuantas veces habrá ensayado ante el espejo o en su cabeza, como ordenar todas las ideas, no olvidarse de nada y reconstruir los hechos con la mayor fidelidad posible, sin que la emoción traicione la claridad del relato. Entre todo lo dicho, me cuesta elegir el título de esta parte de la nota. La dedicatoria de aquel libro, que Carlos le regaló a su hermana para su cumpleaños de quince y que ahora se intenta incorporar como prueba documental, me resuelve la cuestión y no me quedan dudas: ese juego de palabras sintetizan aquella vida cegada por la dictadura, esta lucha de quien pacientemente logró poner a estos represores ante la justicia, buscando el juicio y castigo tantas veces proclamado. El relato es firme, conciso, convincente, va destejiendo con sus palabras la trama de lo oculto, lo prohibido, aquello que en el pueblo algunos contaban por lo bajo y otros distorsionaban convenientemente según sus propios prejuicios o sus oscuras intenciones, los miedos y las complicidades deforman la verdad y atentan contra la memoria.
Carlos era un símbolo de lo que no se debía hacer, de novio con una chica cinco años mayor, peronista por convicción, preocupado por la realidad, que editaba una revista estudiantil en la Escuela Normal, que además tocaba la guitarra, trabajaba por la noche en los boliches de la zona y que para colmo se había ido del pueblo, para estudiar sociología en La Plata. Estos comportamientos libertarios suelen pagarse muy caro en el pueblo, todo lo malo que sucedía lo tenia a él como protagonista, desde el copamiento del Regimiento de Azul, hasta la muerte de un taxista. “Carlitos” era el subversivo de Las Flores y a la chusma de la aldea, poco le importaba saber de su decisión de alejarse de Montoneros, cuando no aceptó pasar a la clandestinidad ni sumarse a la lucha armada. Su destino ya estaba marcado irremediablemente, por eso sucedió lo que debía suceder.
Aquel pasado merecía ser revisado y al fin llegaba el momento, Gladys reconstruye cada tramo de la noche del 30 de abril, madrugada del 1 de mayo de 1976, cuando la despertaron abruptamente un grupo de militares, vestidos de civil que luego de destrozar toda la casa de Labolita buscando una libreta, una valija y armas, que no encuentran, la encierran en la cocina, poniéndola frente a una persona encapuchada, descalza y con signos de haber sido torturada, que reconoce por el pantalón de corderoy que llevaba puesto y que le dice “vieja” como Carlitos la llamaba a ella... ”hace cinco días que me tienen en la parrilla” rogando todo el tiempo para que no le hagan nada. Después los sacan a los golpes de la casa y los pasean por todo el pueblo en dos autos, los llevan cerca del Bowling, que si mal no recuerdo se llamaba “Tijuana”, en el centro y a la casa de Oro Bernasconi, un amigo que todos sabían que ya no estaba en las Flores, hasta dejarla al descampado en las afueras del pueblo. Remata su relato con una frase que me sigue conmoviendo, por su simpleza e inocencia “No sabíamos que esas cosas podían pasar”.
Y a partir de aquellos hechos y de este relato, los dos policías conocidos que se habían llevado a Carlos, transformados en seres extraños, violentos y desalmados y aquel otro policía amigo del barrio que dejó de saludarlos y 32 años después los vuelve a negar, como Pedro negó a su maestro, pese a su actual condición de diacono…el testigo se olvida de lo inolvidable, se esconde de su propia evidencia, se ampara en los años y saldrá corriendo del tribunal a pedir perdón a la iglesia. Este juicio tiene mucho por mostrar, la lucha de Gladys no ha sido en vano, aquella noche en la que la despertaron a los golpes, dormía sedada por barbitúricos, que le hicieran calmar su angustia y desesperación por la detención de su marido y esta noche cuando apoye su cabeza en la almohada, quizás lo haga sintiendo algo parecido a la paz.
La “comiseria” del “comi” serio (4)
A mí, que “me” fuimos de Las Flores, poco tiempo después de concluida la dictadura militar, me quedó grabado un estigma que aún me acompaña. Si me toca pasar de a pie por la esquina de Moreno y Arostegui, instintivamente cruzo a la vereda de enfrente, como me recomendaban mis mayores. Es que allí esta la comisaría y aunque hoy parezca un chiste, daba miedo pasar por allí, como tantos otros lugares que tenían los carteles de “zona restringida”. En estas audiencias orales y públicas por la aplicación de tormentos, desaparición y muerte de Carlos Labolita, uno de los policías llamados a testimoniar ha dibujado en un pizarrón del Tribunal un croquis de la dependencia policial, vaya paradoja, pegadito al dibujo de la casa de Labolita, hecho días atrás por la esposa “Carlitos” tal como la querella y la defensa llama a la victima para diferenciarlo de su padre, que pacientemente ocupa día a día, la primera fila de butacas de la sala de audiencias. Los policías de entonces, hoy señores mayores ya felizmente jubilados, se desviven por demostrar como era el funcionamiento de la seccional, durante el tiempo en que los militares la habían intervenido. Lugares del interior a donde los agentes de menor rango no podían acceder, como el baño o la cocina y otro cartel que indicaba zona restringida en el sector de los calabozos. La existencia de supuestos “grupos de tareas” que se movilizaban de noche o de tardecita. “Centro de Operaciones” o el mas contundente y estremecedor “Base Temporaria de Combate de las Flores” fueron los términos que utilizaron los testigos para describir como se movían los militares con total libertad vistiendo de combate sin distinción de jerarquías, movilizándose en un Falcon verde.
La presencia periódica del responsable del Area 125 de Azul, coronel Mansilla y de otros oficiales, entre ellos a un joven, rubio y alto, que recuerdan con el nombre de Duret en el despacho del Comisario. Pero, que curiosa es la memoria, como se vuelve tan selectiva con los años, que alguien puede recordar que Labolita era su compañero de estudios, pero a su vez, no recordar haberlo detenido la noche del 25 de abril de 1976 por una orden superior y depositar dicha responsabilidad en un colega, que demoró su declaración mediante la presentación de un certificado médico, como el que ubicó su paradero, comunicó la novedad al jefe del área y finalmente detuvo al joven montonero, cuestión que seguro tendrá su nuevo capitulo en futuras audiencias. O el otro ex policía que se desempeñaba como jefe de calle y no recuerda como llegó al libro de novedades su firma, en las paginas donde se anotó la detención de Labolita. Estos servidores públicos ya declararon más de una vez en la causa; lo hicieron en el año 1984 y en 2005, sin embargo cada vez recuerdan menos. Contrasta sus débiles memorias con su buen estado de salud física y pareciera que les incomodara repetir lo que alguna vez dijeron y ya no recuerdan. Si no fuera una cuestión tan dolorosa y trágica, sería cómico, porque algunos testimonios resultan, al menos, muy poco serios.
Entre la amnesia y la auto incriminación (5)
Las audiencias orales y públicas por la aplicación de tormentos, desaparición y muerte de Carlos Labolita han cambiado completamente. La rozagante figura de los policías retirados, que al menos aparentan buen estado de salud física, aunque sufren un grave deterioro de sus memorias; contrasta con la imagen de los militares retirados, que en su “generalidad”, vaya juego de palabras, aparecen muy desmejorados de salud, tanto física como psíquica. Ahora todos señores, muy mayores, con envidiables conocimientos sobre técnicas y estrategias de la organización de las unidades militares, dieron clase sobre las particularidades del orden interno, su estructura vertical y piramidal, la plana mayor, el estado mayor, las unidades de personal, inteligencia, logística y operaciones. Las diferencias entre compañía, escuadrón, unidad o batería, el servicio de semana, el adiestramiento de la tropa y la existencia de calabozos en la guardia donde los soldados que cometían alguna falta, purgaban sus condenas disciplinarias.
Fue en este punto,donde se cortó la declaración del coronel retirado Ricardo Russi, segundo Jefe del Grupo de Artillería de Azul, lugar a donde fue trasladado Labolita. Es preciso aclarar, que un juicio oral se parece mucho a una partida de ajedrez, donde los tiempos y las oportunidades pueden hacer variar los resultados de la contienda y los jugadores deben saber cuando poner en juego determinadas piezas, en procura de lograr el resultado más adecuado a sus intereses. El vocal del tribunal Dr. Rozansky, interrumpió la declaración del ex militar, que sentado en el banquillo de los testigos, por sus propios dichos y por la cercanía con los hechos investigados se transformaba en el banquillo de los acusados… Es clara la Constitución, nadie esta obligado a declarar en su propia contra y Ricardo Russi se aproximaba a una encerrona. ¿es posible que el codo no sepa lo que el hombro lo ordena hacer a la mano? Su condición de segundo jefe lo ponía bajo las ordenes de Mansilla (Jefe del grupo) y ordenando a Duret (Jefe a cargo de inteligencia). Además el testigo había cumplido tareas gubernamentales en la Municipalidad de las Flores, como interventor militar, durante aquellos ajetreados primeros días del proceso de reorganización nacional. “Hasta aquí llegó su declaración” le comunicó el Presidente del Tribunal y muchos nos quedamos con las ganas de saber ¿como había hecho para no estar sentado entre los dos imputados?, ¿cuales fueron sus salvoconductos para no haber declarado nunca en esta causa?, ¿qué ordenes habría cumplido o impartido como interventor de la Municipalidad local?…
Lo cierto es que estos militares nunca se enteraron de la existencia de "la lucha contra la subversión", ni incidentes por detenciones de personas que no fueran militares, ni la existencia de grupos de tareas, mucho menos de acciones antiterroristas y ni si quiera recordaron haber leído instructivos militares que pautaban la metodología represiva, por lo que menos podían recordar la incineración de toda documentación u ordenes de detención ordenadas, desde las altas cúpulas del Ejercito, poco antes de recuperada la democracia. Para la historia oficial Carlos Alberto Labolita fue liberado en Tandil, por falta de mérito en fecha y lugar imposibles de determinar, tal como lo suscribiera en los años 80, el por aquel entonces Jefe del Estado Mayor del Ejercito, Edgardo Calvi, en respuesta a un oficio solicitado desde el Juzgado Federal de Azul y quien ahora llamado como testigo, no recordó nada de los hechos y minimizo la cuestión al asegurar que por aquel entonces se firmaban gran cantidad de papeles por día. Tantos interrogantes que quizás sean motivo de otro proceso o tal vez se esfumen en la nada, como se esfumó Carlitos hace treinta y dos años.
Tiburón, delfín y “cornalito” (6)
Si quieren conocer un cuadro, un verdadero cuadro del Ejercito Argentino, den se un vuelta por el Tribunal Oral Federal de Mar del Plata y descubran al Coronel Alejandro Duret. Su pulcritud y elegancia, su impecable traje gris, sus modales entre finos y autoritarios, desplegados ante el auditorio durante su extensa declaración indagatoria, con dos cuartos intermedio incluidos, que incluyó una carpeta de apoyo, gruesos fibrones de colores y un pizarrón con láminas que iban pasando, en la medida que eran llenadas de cuadros y pirámides, con las que explicaba detalladamente las estructuras políticas y militares existentes en la época en que sucedió la desaparición de Carlos Labolita, se parecían mas a una clase magistral, que a un acto de defensa en juicio.
Su estrategia, o mejor dicho su táctica militar de combate, consistía en ilustrar al Tribunal sobre conocimientos adquiridos durante más de cuarenta años en el Ejército Argentino y su falta total de responsabilidad en los sucesos juzgados. “Jamás acepté una orden ilegal”, “no lo conocí a Labolita y si hubiera sabido algo de él se lo hubiera dicho a sus familiares”, “nada justifica lo que le paso”, “yo solo soy un chivo expiatorio”, “sé que muchos me ven ahora como un tiburón, pero por entonces, aquel teniente primero Durét era un cornalito”… El recurso de utilizar la tercera persona del singular, suele ser útil para desvincularse de las responsabilidades que tenía aquel joven brillante, que con solo 23 años ya había recibido dos ascensos y que dos meses antes de los hechos, lo designaran responsable del Area de Inteligencia del Grupo de Artillería Uno de Azul. Cierto es que no conocían la zona de combate y que la información que recibían era suministrada por la policía: los militares viven aislados de la sociedad, son trasladados de destino continuamente y duermen en barrios militares, no conocen direcciones de calles, rutas, fábricas, escuelas, clubes, etc y mucho menos población, dirigentes, profesionales o personas, “no sabíamos donde estábamos parados”, afirmó ante el Tribunal sin dudarlo. Eran una fuerza ciega, que requerían del lazarillo para encaminar sus acciones y esta no fue la excepción. Ni tanto, ni tan poco, ni tiburón, ni cornalito, su estirpe lo ubica como una pieza clave de este ajedrez, sus movimientos fueron oblicuos, recorriendo con habilidad la totalidad del tablero comprendido por el Area 125, que incluía la ciudad de las Flores, sin temor a equivocarme, Durét era un delfín.
La verdad se cuela entre las grietas de la impunidad (7)
Tiempo de alegatos en el juicio oral y público por la aplicación de tormentos desaparición y muerte de Carlos Labolita. Mas de 8 horas duraron los fundamentos de la querella y la fiscalía que buscaron describir retazos de verdad ante la ausencia de evidencias directas y acabadas, de las imputaciones vertidas. El largo tiempo transcurrido, el impune manejo del poder que permitió la desaparición del cuerpo y la incineración de documentos militares, el fallecimiento de testigos claves como el mismísimo comisario Liste, que recibió la orden de detención e hizo cumplir su cometido, entre otros, conforman un rompecabezas al que a cada paso le faltan piezas. La presentación oral del Dr. Cesar Sivo, representante de la familia de la victima resultó contundente desde lo teórico, escalofriante desde la descripción del accionar sistemático de los grupos de tareas conformados por las fuerzas armadas, descriptivo del sentido que tuvieron los hechos en cuanto a las razones que condenaron a Labolita a sufrir su calvario, pero lamentablemente insuficiente, pese a la impecable destreza del letrado de imputar con prueba directa este delito de lesa humanidad a los dos acusados.
Con el correr de los días, lo que más me impacta son los detalles, aquellas pequeñas señales, acaso insignificantes, esparcidas entre los hechos que rodearon la tragedia y que nos están diciendo algo. Es sorprendente como imperceptibles eventos, pueden constituirse en indicios de lo sucedido, afirmaciones dichas al pasar, muchas veces sin conciencia por parte de los autores de su importancia y significación. Voy a señalar al menos tres, rescatadas por el mismo abogado en su relato, que si bien no ponen el arma asesina en las manos de los imputados, muestran pese a sus reiteradas negativas, su conocimiento y responsabilidad sobre el destino de Carlos. La primera tiene que ver con el color de un auto, un Renault 12 “blanco”, el vehículo particular de Duret por aquellos tiempos, en varios relatos de testigos aparece en lugares claves como la puerta de la comisaría de Las Flores, luego, persiguiendo a prudencial distancia la camioneta de la policía que trasladaba a Labolita al cuartel de Artillería de Azul, estacionado en el sector de inteligencia de dicho cuartel y fundamentalmente, es el que reconoce Gladys Dalesandro, esposa de Labolita, cuando es secuestrada por una patota militar, el mismo día que ve por ultima vez a su marido, encapuchado, descalzo y esposado, durante el allanamiento que hacen a su casa, donde buscando armas y direcciones, destruyen además todo a su paso y acarrean con publicaciones consideradas subversivas.
Otro detalle son las esposas, un instrumento de seguridad solamente utilizado por la policía -nunca por el ejército- con las que fue bajado del móvil policial en Azul. El chofer llamado Blanco, que declaró como testigo, recordó después de treinta y dos años, que nunca más le devolvieron aquellas esposas, pese a que las reclamó en varias oportunidades. Incluso detalló que él se quedo con las llaves de las mismas. Claro está, que jamás se las sacaron a Labolita y a partir de allí sufrió todos sus tormentos esposado hasta su fin.
Hay otro indicio que surge, curiosamente, de una nota firmada por la vicedirectora de la Escuela Normal, quien recuerda, que él por aquel entonces Teniente Duret se opuso a que los compañeros del padre de Carlos ayudaran a su familia haciendo una colecta, debido a que en su casa habían encontrado material subversivo. Vaya casualidad, ese material fue el que había sido retirado de la casa durante el allanamiento donde fue llevado Labolita, como ya se dijo: esposado, encapuchado y con signos de haber sufrido picana eléctrica y en el que según dichos de testigos, intervino un joven rubio, alto y de ojos claros, fisonomía similar al ex militar hoy acusado.
Pero quizás, el detalle mas sutil haya pasado por las palabras utilizadas por el mismo Duret en su declaración indagatoria, cuando se refirió al termino “colaterales” al querer decir, que no existían acciones fuera del orden oficial instituido desde las jefaturas militares. Justamente así con el término “colateral”, se identificaba internamente a estas acciones ilegales de lucha contra la subversión.
Un juicio se nutre no solo de lo que se dice y se ve en las audiencias, también los documentos y las declaraciones de quienes ya no están, son incorporados para su valoración y ayudan a formar el criterio de los magistrados al momento de decidir el veredicto y dictar sentencia. La verdad luce escondida entre las grietas de la impunidad, es preciso despejar todos los escombros y las trampas puestas en el camino para llegar a ella, no será tarea sencilla, para colmo la defensa espera como un animal encerrado, el momento de atacar para hacer jirones, con su formidable máquina de impedir, la paciente reconstrucción de los hechos que con tanto esfuerzo se viene intentando desde hace 32 años, cuando no había Estado de derecho para las victimas. Hoy rigen todas las garantías que se negaron por entonces y que en última instancia resultan ser la única defensa con la que cuentan estos represores.-
El día anterior (8)
Los abogados tenemos la costumbre de leer las sentencias de atrás para adelante. Cuando sabemos que se ha tomado una resolución sobre uno de nuestros casos, no podemos con la ansiedad y vamos rápidamente, a la parte resolutoria, al fallo, al veredicto. Después tendremos tiempo para analizar los fundamentos, criticarlos o alabarlos según satisfaga o no lo resuelto. Quizás suceda lo mismo con estas reflexiones tan efímeras, tan perennes, tan con fecha de vencimiento. Ya se ha dicho,que es muy fácil escribir el diario del lunes con todos los resultados puestos, solo es cuestión de interpretarlos y darles una explicación.
Es por eso que sin el resultado de mañana pretendo pensar y compartir algunas ideas, sobre contingencias que atravesaron el juicio oral por la desaparición y muerte de Carlos Labolita, cuestiones que jamás pudieron preverse, que a mi juicio pueden jugar un papel central en la decisión de los magistrados y que prefiero hacerlas públicas ahora antes de tener la certeza de los hechos martillándome en la cabeza. Una de ellas es esta psicosis generada por la “Gripe A”, que no deja recoveco posible entre las informaciones que reflejan los medios y es por eso que cuestiones de gran repercusión pública como un juicio por delitos de lesa humanidad y genocidio, pueda pasar desapercibido para la mayoría de los con ciudadanos. Una noticia tapa a otra y nuestra agenda mental no es infinita. Seguro los jueces tendrán menor exposición por su decisión y se sentirán menos observados. Otra contingencia y esta sí de gran trascendencia, es el resultado de las elecciones del pasado domingo, pues nadie podría haber imaginado que caerían entre los alegatos y el veredicto, justamente en un juicio con reminiscencias del pasado y con la participación protagónica de los organismos de derechos humanos. Aquellas afirmaciones de los dos modelos en pugna y la interpretación política que desde la defensa se le da a este juicio, “soy un chivo expiatorio” dijo Duret uno de los acusados, durante su indagatoria disfrazada de clase magistral sobre política militar y movimientos ideológicos mundiales que sustentaron la luchas subversivas y que hicieron eclosión en la década del setenta.
Dice una canción de los Redondos.. “todo preso es político”..y esta afirmación le viene muy bien a los imputados. Un poder que cambió de manos y genera un justo revisionismo de lo sucedido con una generación militante que perdieron sus vidas y un pasado que insiste en perpetuarse reinventándose a cada paso, buscando recuperar los espacios de poder que perdieron por su propia inoperancia. Allí también se encuentra inserto este juicio. Los hechos están, Carlos Alberto no volvió nunca mas, por una orden militar fue arrestado y derivado a un regimiento de Azul, la historia oficial dice que después lo dejaron en libertad por falta de mérito, sin determinar ni tiempo ni lugar. Los responsables del Area están en el banquillo de los acusados, ahora solo falta la voluntad de interpretar los hechos y decidir con templanza y convicción el destino de estos “peces”, como ellos mismos se catalogaron “se que hoy muchos me ven como un tiburón, pero aquel teniente Duret era un cornalito”, hábiles y escurridizos que durante estos últimos 32 años esquivaron las redes de a justicia y hoy lucen en una pecera, ¿como saber por cuanto tiempo?..
Estas reflexiones se autodestruirán en minutos, cuando sepamos el veredicto, quizás a la vuelta de esta misma página y muchos que solo buscan el final de la historia, no lleguen ni siquiera a leerlas.
Un vino llamado Montonero (9)
Aún me tiemblan las manos al escribir estas líneas, me desparramo sobre el teclado, con la sangre caliente y el resonar de los bombos de los organismos de derechos humanos, que se amucharon en las puertas del Tribunal Oral Federal de Mar del Plata, a esperar el veredicto del juicio. Se dice que cuando uno debe decidir sobre algo debe tomar distancia y poner la sangre fría.
Esta no es la ocasión, nada se dice que para escribir lo que se siente deba alejarme demasiado de los hechos. Vomito lo que miro: desazón, desconsuelo, llantos, lagrimas, pesadumbre, la sentencia me martilla en la cabeza. Es cierto que siempre queremos más y solo se hace lo que se puede, acaso solo lo que nos dejan, para no llegar a lo obsceno de sentir, que no se puede hacer nada. El ex coronel Mansilla, dueño y señor de la vida y de la muerte en el Area 125 del Ejercito Argentino, que comprendía el partido de Las Flores, ha sido condenado, por los delitos de tormentos, desaparición y muerte de Carlos Labolita.
Poco queda de aquel poderoso militar, hoy es un anciano de 77 años, que con achaques se sentó en el banquillo de los acusados, cuando tuvo la oportunidad de decir unas últimas palabras antes de escuchar la sentencia, purgará su condena en su domicilio, cuestión inexplicable por la característica de los delitos que se le imputan y por los que. reitero, ha sido condenado. El por aquel entonces teniente Duret fue absuelto de culpa y cargo, en minutos dejará la Unidad Penitenciaria Número 44 de Batan y después de 3 años y algunos meses volverá a su casa, el ahora coronel retirado, como buen pez: recordemos que dijo ser un cornalito, que muchos lo veían como un tiburón, logró eludir otra vez las redes de la justicia. El tribunal por mayoría hizo valer sus garantías constitucionales, una defensa técnicamente impecable, que logró imponer la duda sobre su participación en los hechos.
Mucho ayudaron las amnesias de algunos ex policías, los testigos que lamentablemente fallecieron y fundamentalmente el tiempo transcurrido. Tres décadas de paciente reconstrucción de la memoria, armada a pedazos entre el miedo, la impunidad y la connivencia de quienes podían aportar datos para el esclarecimiento del trágico destino de Carlitos. Una familia sola luchando contra el olvido, la indiferencia de todos y las adversidades que presentaba aquella frágil democracia de la primavera alfonsinista.
Aunque no parezca se ha logrado mucho, los jueces dieron por probado que Carlos Labolita sufrió tormentos, su desaparición y por último la muerte, hoy se condenó al responsable mediato, quizás el arma asesina siga libre, no por mucho tiempo, tendrá que asumir su defensa por la desaparición del conscripto Thomas, sucedida en el mismo regimiento donde Duret era responsable del Area de Inteligencia o la segunda instancia de esta misma causa por ante el Tribunal de Casación, quien podrá revisar este fallo y dar por probada su participación en estos hechos.
La esperanza, que es lo último que se pierde, esta alimentada porque el fallo fue dividido y uno de los magistrados votó en disidencia, será cuestión de conocer sus fundamentos para apelar en consecuencia. Seguirán Gladys y Carlos Orlando buscando justicia, con la misma paciencia y tenacidad con la que hoy esperaban sentados en la primera fila de la sala de audiencias el veredicto. Sus luchas no han sido en vano, cientos de conciencias se van despertando gracias a sus testimonios de no dar lugar al olvido, ni a la impunidad. Me contaba Carlos en esos cuartos intermedios interminables y a la vez ricos en anécdotas de tiempos idos, que por los setenta había un vino blanco medio dulzón, que se llamaba “Montonero”, que vendía al por mayor un policía, que tenia un almacén por el barrio y que cada vez que pasaba frente a su casa, con el camión de reparto sacaba la botella por la ventanilla y festejaba la militancia de su hijo, gritando algo así como “arriba Montonero”…
Hoy el policía sufre de una extraña falta memoria, por lo que hace tiempo dejó de saludarlo y cuando declaró en este juicio ni siquiera recordó haber conocido a Labolita …No importa vaya él con su amnesia, pese a la bronca que aun me paraliza frente al teclado, pienso que seria bueno conseguir una botella de aquel vino, para brindar por Carlitos y su fraternal y entrañable familia, que lo sigue defendiendo y abrazando en esas remeras blancas, que hoy inundaron la sala de audiencias con su rostro joven y luminoso, reclamando por esa justicia, que aún no alcanza.
La Justicia que mira y no ve... (León Greco, La memoria) (10)
Pasó el vendaval, las aguas se aquietan y podemos reflexionar con más nitidez y menos espasmos de dolor e indignación para poder aprender algo de todo lo sucedido. Ya dije que es fácil escribir el diario del lunes y no quiero entrar en lugares comunes, de lo que pudo haberse hecho y no se hizo o en culparnos de nuestra propia incapacidad para ver mas haya de lo evidente.
En el transcurso del juicio conversaba con uno de los fiscales que me decía que estas audiencias no debían haberse realizado en Mar del Plata y comparto su opinión. Me pregunto ¿cuánto pueden saber los Nelson Jaraso, Alejandro Esmoris y hasta el mismo Carlos Rosansky de Las Flores? ¿Cuántas veces habrán pasado por allí? ¿Alguna vez caminaron sus calles? ¿Conocieron la Escuela Normal, el barrio y la casa de la familia Labolita? ¿Recorrieron la comisaría, cuyo plano dibujado torpemente por un ex policía en una pizarra, intentaba ilustrar a los integrantes del tribunal sobre cada uno de los sectores comprometidos con el caso, como la guardia, el despacho del comisario, la zona de calabozos, la cocina y los baños?
La justicia para ver, debe comprometerse con el lugar de los hechos, con su gente, con la memoria y la historia que guarda cada rincón. Quizás el salón del Concejo Deliberante del Palacio Municipal de Las Flores hubiera sido el espacio mas apropiado para el desarrollo del debate. No es solamente una familia la que espera justicia, también hay todo un pueblo que aguardó. a través de los medios, conocer las contingencias de cada sesión. O acaso el juicio debió realizarse en Azul, sede natural de los tribunales federales de primera instancia, donde se instruyó la totalidad de la causa y lugar donde Carlitos sufrió los tormentos y muy probablemente su desaparición y muerte, en el batallón de Artillería Uno.
Cuando las causas salen de sus lugares propios tienden a desnaturalizarse, es como que las victimas además de serlo, deben jugar de visitantes, si lo comparamos con un partido de fútbol y los victimarios se sienten más libres, por no sufrir el acoso de un ambiente hostil o al menos adverso a sus deseos. Y cuando hablo de victimarios no solo me refiero a los dos acusados, sino también a algunos testigos, ex policías cuyo compromiso con el esclarecimiento de los hechos resulto patético y cobarde, actitud que deberemos recriminarles de por vida. No es lo mismo terminar de declarar e inmediatamente volver a caminar por las calles del pueblo, ante la mirada de conocidos, familiares, vecinos y amigos, que perderse en una multitud anónima de una ciudad como Mar del Plata. Quienes vivimos en el pueblo conocemos muy bien la diferencia.
Dentro de las pruebas con las que pueden contar los jueces para buscar reconstruir los hechos y encontrar la verdad de lo sucedido existe una que se llama “vi sita ocular”. El magistrado se constituye en el lugar y toma conocimiento directo del ambiente, de las formas, del aire y la energía que guarda el sitio. Recuerdo el impacto del protagonista de la película “El lector” cuando recorre minuciosa mente los pasillos de los campos de concentración y las cámaras de gas, para comprender la dimensión de los crímenes cometidos en el holocausto judío. Los espacios para la memoria como la ESMA, resultan indispensables para generar conciencia y contemplar las cicatrices del horror. Pero volviendo a Carlos Labolita, desgraciadamente no se pudo saber dónde y cuándo sufrió su calvario; no contamos con un lugar determinado, solo aproximaciones, acaso simbólicas, de las dependencias militares a donde fue conducido y de donde se desvaneció.
Es por esto que los ámbitos donde se debía llevar a cabo el juicio hubieran resultado de una invalorable ayuda para los funcionarios que tuvieron la responsabilidad de interpretar los hechos; aunque algunos indicios me llevan a presumir que la suerte estaba echada de ante mano y que la justicia solo se animó a mirar.
Luis Gerardo Del Giovannino
Abogado
Mar del Plata, julio 2009
fuente:el ortiba
sábado, 4 de julio de 2009
Un fallo que dejó un gusto amargo
Los jueces Alejandro Esmoris y Nelson Jarazo –Carlos Rosansky se pronunció en disidencia– le aseguraron la libertad a Duret, señalado como el secuestrador de Labolita.

Uno fue absuelto, volverá a su casa. El otro fue condenado a prisión perpetua, pero también volverá a su casa. Así concluyó ayer el primer juicio por crímenes de lesa humanidad en Mar del Plata, por el secuestro, las torturas y el homicidio de Carlos Labolita. Los jueces Alejandro Esmoris y Nelson Jarazo consideraron culpable al general Pedro Pablo Mansilla, de 77 años, y absolvieron al coronel Alejandro Guillermo Duret, de 56, sin chances de aspirar al arresto domiciliario. El juez Carlos Rosansky, en disidencia, votó por la condena y la cárcel para ambos. La viuda de la víctima, que reconoció a Duret a la cabeza del grupo de tareas que allanó la casa familiar días después del secuestro, con Labolita encapuchado, torturado y descalzo, se desmayó al escuchar la absolución. Por la mañana Cecilia Pando reapareció y provocó incidentes.
“Es un golpe inesperado pero no estamos todavía en el suelo, podemos levantarnos”, se esperanzó Carlos Labolita padre, preso político entre 1976 y 1980. Duret “es un mal bicho pero tiene causas pendientes y va a caer”, confió. “Una sentencia tan crítica nos conmociona”, explicó su abogado César Sivo. “Duret no era un personaje secundario, era el dueño de Las Flores. No hubo elementos que pudieran generar dudas”, explicó, y calificó como “una burla” la domiciliaria para Mansilla.
“El juicio fue una gran parodia”, denunció tras el fallo Sara Derothier de Cobacho, titular de la Secretaría de Derechos Humanos bonaerense. “Pero no termina acá. Vamos a apelar”, anticipó. “Las pruebas contra Duret no se valoraron como correspondía. En un juicio por tráfico de drogas o en un secuestro extorsivo, con pruebas similares termina en condena”, explicó el abogado Eduardo Rezses, de la Secretaría. “No puedo dejar de señalar que este fallo se produce a cinco días de las elecciones, con el resultado conocido y con lo que simboliza el caso Labolita en particular”, agregó, en referencia a la relación que entabló con Néstor Kirchner y Cristina Fernández en los meses previos al golpe de Estado.
La jornada arrancó con las últimas palabras de los imputados y provocaciones de la apologista del genocidio Cecilia Pando. Duret se definió como “un perseguido y encarcelado” (hasta ayer en Batán) y citó al rabino Sergio Bergman para remarcar que “los derechos humanos no son de derecha ni de izquierda”. Consideró que el juicio era histórico “por la confrontación de valores entre impunidad e igualdad ante la ley, entre venganza y justicia”. Mansilla dijo que “llevamos tres décadas y media tratando un tema que no tiene solución” y propuso “buscar la pacificación con especialistas”, no especificó en qué materia.
Pando no pudo ingresar a la sala, colmada por 180 personas, e insultó a los jueces cuando salieron. “Muchos jueces nos dicen que tenemos razón por las garantías que se están violando a militares pero no podemos hacer nada: están presionados, manipulados”, dijo horas antes de que el tribunal le tapara la boca. “Si quieren pacificar, ¿por qué no devuelven a los chicos apropiados?”, le preguntó una periodista. Pando prefirió no responder. Luego, sonriente y con un cartel de supuestos “terroristas”, intentó pasar en medio del centenar de personas, con lo que provocó la reacción de varios militantes que la insultaron y corrieron varios metros. Los jueces ya habían pasado a deliberar para emitir el veredicto.
Los imputados prestaban servicio en el Grupo de Artillería Blindado 1 de Azul, a cargo de Mansilla. Desde allí se ordenó la captura de Labolita, militante de la Juventud Peronista que en los meses previos al golpe de Estado compartió casa y luego pensión con Kirchner y la Presidenta. El 25 de abril de 1976, un mes después de la captura de su padre en Las Flores, decidió visitar a su familia. Media hora después se lo llevó la policía bonaerense, que registró su ingreso en la comisaría “a disposición del área militar 125”. Dos días después lo entregaron a la oficina de inteligencia del regimiento. La descripción física de la persona que lo recibió y ordenó encapucharlo coincidiría con la de Duret, que prestaba servicio allí. Días después un grupo de tareas de civil a cara descubierta allanó la casa de la familia. “Hace cinco días que estoy en la parrilla”, alcanzó a confesar Labolita, con las manos atadas, capucha y dificultades para caminar. La patota destruyó la casa. La esposa y la madre, ya fallecida, reconocieron a Duret como la persona que encabezaba el grupo. Recién tras la feria judicial, cuando se conozcan los fundamentos del fallo, se sabrá cómo hicieron los jueces para desbaratar las pruebas.
La lectura de la sentencia, a cargo de Esmoris, provocó emociones encontradas. Primero anunció la condena a perpetua de Mansilla por secuestro agravado por violencia, tormentos agravados por aplicarse a un perseguido político y homicidio calificado por alevosía. La alegría mutó en silencio cuando anunció la domiciliaria y en tristeza cuando informó la absolución de Duret. La tarde concluyó con un centenar de militantes tirando huevos contra el vidrio del tribunal, con el incendio de dos muñecos con trajes a rayas que representaban a los imputados y con los jueces que absolvieron a Duret retirándose cubiertos por escudos.
La de ayer es la cuarta sentencia por crímenes de lesa humanidad de 2009. Antes fueron condenados cinco represores de San Luis, el apropiador Víctor Rei y dos carceleros de Misiones. Es el tercer fallo en la provincia desde la reapertura de causas: antes fueron condenados Miguel Etchecolatz y el cura en actividad Cristian von Wernich. Duret es el tercer imputado absuelto por crímenes al amparo del terrorismo de Estado, dato que ratifica la independencia de los tribunales que conducen los juicios.Cecilia Pando vociferó en las puertas del tribunal

fuente:pagina 12

Uno fue absuelto, volverá a su casa. El otro fue condenado a prisión perpetua, pero también volverá a su casa. Así concluyó ayer el primer juicio por crímenes de lesa humanidad en Mar del Plata, por el secuestro, las torturas y el homicidio de Carlos Labolita. Los jueces Alejandro Esmoris y Nelson Jarazo consideraron culpable al general Pedro Pablo Mansilla, de 77 años, y absolvieron al coronel Alejandro Guillermo Duret, de 56, sin chances de aspirar al arresto domiciliario. El juez Carlos Rosansky, en disidencia, votó por la condena y la cárcel para ambos. La viuda de la víctima, que reconoció a Duret a la cabeza del grupo de tareas que allanó la casa familiar días después del secuestro, con Labolita encapuchado, torturado y descalzo, se desmayó al escuchar la absolución. Por la mañana Cecilia Pando reapareció y provocó incidentes.
“Es un golpe inesperado pero no estamos todavía en el suelo, podemos levantarnos”, se esperanzó Carlos Labolita padre, preso político entre 1976 y 1980. Duret “es un mal bicho pero tiene causas pendientes y va a caer”, confió. “Una sentencia tan crítica nos conmociona”, explicó su abogado César Sivo. “Duret no era un personaje secundario, era el dueño de Las Flores. No hubo elementos que pudieran generar dudas”, explicó, y calificó como “una burla” la domiciliaria para Mansilla.
“El juicio fue una gran parodia”, denunció tras el fallo Sara Derothier de Cobacho, titular de la Secretaría de Derechos Humanos bonaerense. “Pero no termina acá. Vamos a apelar”, anticipó. “Las pruebas contra Duret no se valoraron como correspondía. En un juicio por tráfico de drogas o en un secuestro extorsivo, con pruebas similares termina en condena”, explicó el abogado Eduardo Rezses, de la Secretaría. “No puedo dejar de señalar que este fallo se produce a cinco días de las elecciones, con el resultado conocido y con lo que simboliza el caso Labolita en particular”, agregó, en referencia a la relación que entabló con Néstor Kirchner y Cristina Fernández en los meses previos al golpe de Estado.
La jornada arrancó con las últimas palabras de los imputados y provocaciones de la apologista del genocidio Cecilia Pando. Duret se definió como “un perseguido y encarcelado” (hasta ayer en Batán) y citó al rabino Sergio Bergman para remarcar que “los derechos humanos no son de derecha ni de izquierda”. Consideró que el juicio era histórico “por la confrontación de valores entre impunidad e igualdad ante la ley, entre venganza y justicia”. Mansilla dijo que “llevamos tres décadas y media tratando un tema que no tiene solución” y propuso “buscar la pacificación con especialistas”, no especificó en qué materia.
Pando no pudo ingresar a la sala, colmada por 180 personas, e insultó a los jueces cuando salieron. “Muchos jueces nos dicen que tenemos razón por las garantías que se están violando a militares pero no podemos hacer nada: están presionados, manipulados”, dijo horas antes de que el tribunal le tapara la boca. “Si quieren pacificar, ¿por qué no devuelven a los chicos apropiados?”, le preguntó una periodista. Pando prefirió no responder. Luego, sonriente y con un cartel de supuestos “terroristas”, intentó pasar en medio del centenar de personas, con lo que provocó la reacción de varios militantes que la insultaron y corrieron varios metros. Los jueces ya habían pasado a deliberar para emitir el veredicto.
Los imputados prestaban servicio en el Grupo de Artillería Blindado 1 de Azul, a cargo de Mansilla. Desde allí se ordenó la captura de Labolita, militante de la Juventud Peronista que en los meses previos al golpe de Estado compartió casa y luego pensión con Kirchner y la Presidenta. El 25 de abril de 1976, un mes después de la captura de su padre en Las Flores, decidió visitar a su familia. Media hora después se lo llevó la policía bonaerense, que registró su ingreso en la comisaría “a disposición del área militar 125”. Dos días después lo entregaron a la oficina de inteligencia del regimiento. La descripción física de la persona que lo recibió y ordenó encapucharlo coincidiría con la de Duret, que prestaba servicio allí. Días después un grupo de tareas de civil a cara descubierta allanó la casa de la familia. “Hace cinco días que estoy en la parrilla”, alcanzó a confesar Labolita, con las manos atadas, capucha y dificultades para caminar. La patota destruyó la casa. La esposa y la madre, ya fallecida, reconocieron a Duret como la persona que encabezaba el grupo. Recién tras la feria judicial, cuando se conozcan los fundamentos del fallo, se sabrá cómo hicieron los jueces para desbaratar las pruebas.
La lectura de la sentencia, a cargo de Esmoris, provocó emociones encontradas. Primero anunció la condena a perpetua de Mansilla por secuestro agravado por violencia, tormentos agravados por aplicarse a un perseguido político y homicidio calificado por alevosía. La alegría mutó en silencio cuando anunció la domiciliaria y en tristeza cuando informó la absolución de Duret. La tarde concluyó con un centenar de militantes tirando huevos contra el vidrio del tribunal, con el incendio de dos muñecos con trajes a rayas que representaban a los imputados y con los jueces que absolvieron a Duret retirándose cubiertos por escudos.
La de ayer es la cuarta sentencia por crímenes de lesa humanidad de 2009. Antes fueron condenados cinco represores de San Luis, el apropiador Víctor Rei y dos carceleros de Misiones. Es el tercer fallo en la provincia desde la reapertura de causas: antes fueron condenados Miguel Etchecolatz y el cura en actividad Cristian von Wernich. Duret es el tercer imputado absuelto por crímenes al amparo del terrorismo de Estado, dato que ratifica la independencia de los tribunales que conducen los juicios.Cecilia Pando vociferó en las puertas del tribunal

fuente:pagina 12
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familia labolita,madres y abuelas indignados
Para Mansilla, prisión perpetua domiciliaria , para Duret, la absoluciónEl Tribunal Oral Federal condenó por unanimidad a prisión perpetua al ex militar Pedro Pablo Mansilla y absolvió al coronel Alejandro Duret, al término del juicio oral por el secuestro y asesinato del militante peronista Carlos Labolita.
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En su alegato,el fiscal también afirmó que "en este juicio está comprobado por testigos y no por dichos que cuando fueron a detener (24/3/1976) en forma ilegal al padre de Labolita y detuvieron (25/4/1976) a Carlos Labolita (hijo) estaba presente Duret".
En un controvertido fallo el Tribunal Oral Federal de esta ciudad condenó al ex general de brigada Pedro Mansilla a prisión perpetua y decidió absolver al ex coronel Alejandro Guillermo Duret en el cierre del juicio que se les siguió por el homicidio en la última dictadura del militante universitario Carlos Labolita.
La sentencia provocó indignación en los parientes de Labolita y en los representantes de distintas organizaciones de derechos humanos, una vez que los jueces Nelson Jaraso, Alejandro Esmoris y Carlos Rozansky ordenaran además la inmediata liberación de Duret y el mantenimiento de la prisión domiciliaria de Mansilla.
"Este fallo nos deja desacomodados. Estoy conmocionado porque el contacto con la familia de la víctima, 33 años esperando justicia, la búsqueda incesante, y de golpe llegar a instancia de debate con posibilidades de llegar a juicio renovaba expectativas", dijo el abogado César Sivo, querellante por la familia Labolita.
En el exterior, tras conocerse el fallo, decenas de militantes de diferentes agrupaciones se manifestaron en contra, aunque no causaron incidentes. Sólo hubo algunos empujones contra las vallas de seguridad y mucha indignación. Los únicos incidentes se produjeron por la mañana cuando la provocadora presencia de la militante de derecha Cecilia Pando alteró los ánimos de quienes apoyaban a la familia de Labolita (ver aparte).
Lo particular de la sentencia es que hubo disidencias entre los jueces. Hubo unanimidad en cuanto a la culpabilidad de Mansilla (no en el monto de la pena), pero la absolución de Duret se produjo por mayoría.
Palabras finales
En horas de la mañana, los dos imputados utilizaron su derecho de pronunciar unas últimas palabras, Mansilla sostuvo que "hay que buscar la pacificación con especialistas, no hechos que logran las divisiones".
Pero Duret a su turno fue mucho mas directo y en tono casi amenazante sostuvo que "si triunfa la razón, aún los que pierden van a ganar; pero si triunfa la sinrazón, quienes ganen a la larga van a perder".
Posteriormente el tribunal llamó a un cuarto intermedio hasta las 5 de la tarde, para evaluar todos los elementos y dictar sentencia. Desde un primer momento se supo que no se iban a dar a conocer los fundamentos.
Así fue como, en medio de un clima tenso, con la sala ocupada mayormente por familiares de Labolita y representantes de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo (en un pequeño sector estaban los allegados a Duret y Mansilla), Jaraso, presidente del Tribunal, procedió a leer el fallo.
"Se establece condenar por unanimidad a Pedro Pablo Mansilla por ser coautor de los delitos de privación ilegal de la libertad agravada por haber sido cometida bajo violencia física, imposición de tormentos agravados por tratarse de un perseguido político, de homicidio calificado por alevosía, todos en concurso real, por mayoría a la pena de prisión perpetua e inhabilitación absoluta perpetua", rezó el veredicto.
La algarabía que irrumpió en la sala fue rápidamente reprimida por el presidente del Tribunal, quien tras pedir silencio, dio el primer golpe a los familiares de Labolita. "Manteniendo por mayoría la prisión domiciliaria que viene cumpliendo a la fecha", leyó Jaraso.
Sin embargo, el mayor impacto, el que desestabilizó a todos los que aguardaban un fallo condenatorio para los dos llegó en el tercer punto de la resolución.
"Absolviendo por mayoría a Alejandro Guillermo Duret de los delitos de privación ilegal de la libertad agravada por haber sido cometida bajo violencia física, imposición de tormentos agravados por tratarse de un perseguido político, de homicidio calificado por alevosía", dijo el presidente del Tribunal.
Para peor, en el punto siguiente el tribunal ordenó "la inmediata libertad de Duret, que se hará efectiva en la Unidad Penal 44 de Batán en la que se encuentra actualmente alojado".
Gladys D'Alessandro, la viuda de Labolita, al término de la lectura de la sentencia, sufrió un shock y un desmayo y debió ser atendida en las oficinas interiores del tribunal. En tanto, el padre de Labolita, se preguntó sumido en una profunda congoja: "...¿cómo nos engañaron, eh? A uno lo dejan libre y el otro, que es un cacho de carne muriente, permiten que se vaya a su casa".
Apelación
El fiscal Daniel Adler aseguró que una vez que tengan acceso a los fundamentos interpondrá un recurso de casación. "Son casos complejos, si los fundamentos no nos convencen, lo cual es probable, vamos a recurrir este fallo, que por supuesto no nos deja satisfechos ni conformes, en absoluto".
Recién en cinco días las partes tendrán acceso a los fundamentos y se cree que de inmediato se realizaron los planteos jurídicos pertinentes.
Labolita era un militante de la Juventud Universitaria Peronista que fue secuestrado el 25 de abril de 1976 en la ciudad bonaerense de Las Flores, cuando tenía 24 años.
El joven, que además era empleado de la petroquímica de Berazategui, era amigo y compañero de militancia del ex presidente Néstor Kirchner y de la presidenta Cristina Fernández.
La desaparición de Labolita tuvo su origen cuando el 26 de marzo de 1976, el mismo día del golpe de estado, fue secuestrado en las Flores su padre, Carlos Orlando Labolita, quien permaneció en prisión hasta 1980.
Carlos Labolita hijo regresó a Las Flores con la intención de lograr la liberación de su padre pero, en cambio, fue detenido en la casa paterna y trasladado al regimiento de Azul, donde era jefe Mansilla con el grado de coronel y cumplía funciones de Inteligencia Duret, quien en ese entonces era teniente.
Cuando quedaba poca gente en la sala y todavía se respiraba un aire de conmoción el abogado Sivo dijo a LA CAPITAL: "Estoy asombrado, no veo nada acá, no veo nada que pusiera en duda la culpabilidad de los dos. No había elementos que podían generar una duda. Duret no era un personaje secundario, era el dueño de Las Flores. No era un cornalito, como él dijo. Está claro que no era así. Lo de Mansilla y su arresto domiciliario es una burla más. No puedo creer este fallo".
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En su alegato,el fiscal también afirmó que "en este juicio está comprobado por testigos y no por dichos que cuando fueron a detener (24/3/1976) en forma ilegal al padre de Labolita y detuvieron (25/4/1976) a Carlos Labolita (hijo) estaba presente Duret".
En un controvertido fallo el Tribunal Oral Federal de esta ciudad condenó al ex general de brigada Pedro Mansilla a prisión perpetua y decidió absolver al ex coronel Alejandro Guillermo Duret en el cierre del juicio que se les siguió por el homicidio en la última dictadura del militante universitario Carlos Labolita.
La sentencia provocó indignación en los parientes de Labolita y en los representantes de distintas organizaciones de derechos humanos, una vez que los jueces Nelson Jaraso, Alejandro Esmoris y Carlos Rozansky ordenaran además la inmediata liberación de Duret y el mantenimiento de la prisión domiciliaria de Mansilla.
"Este fallo nos deja desacomodados. Estoy conmocionado porque el contacto con la familia de la víctima, 33 años esperando justicia, la búsqueda incesante, y de golpe llegar a instancia de debate con posibilidades de llegar a juicio renovaba expectativas", dijo el abogado César Sivo, querellante por la familia Labolita.
En el exterior, tras conocerse el fallo, decenas de militantes de diferentes agrupaciones se manifestaron en contra, aunque no causaron incidentes. Sólo hubo algunos empujones contra las vallas de seguridad y mucha indignación. Los únicos incidentes se produjeron por la mañana cuando la provocadora presencia de la militante de derecha Cecilia Pando alteró los ánimos de quienes apoyaban a la familia de Labolita (ver aparte).
Lo particular de la sentencia es que hubo disidencias entre los jueces. Hubo unanimidad en cuanto a la culpabilidad de Mansilla (no en el monto de la pena), pero la absolución de Duret se produjo por mayoría.
Palabras finales
En horas de la mañana, los dos imputados utilizaron su derecho de pronunciar unas últimas palabras, Mansilla sostuvo que "hay que buscar la pacificación con especialistas, no hechos que logran las divisiones".
Pero Duret a su turno fue mucho mas directo y en tono casi amenazante sostuvo que "si triunfa la razón, aún los que pierden van a ganar; pero si triunfa la sinrazón, quienes ganen a la larga van a perder".
Posteriormente el tribunal llamó a un cuarto intermedio hasta las 5 de la tarde, para evaluar todos los elementos y dictar sentencia. Desde un primer momento se supo que no se iban a dar a conocer los fundamentos.
Así fue como, en medio de un clima tenso, con la sala ocupada mayormente por familiares de Labolita y representantes de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo (en un pequeño sector estaban los allegados a Duret y Mansilla), Jaraso, presidente del Tribunal, procedió a leer el fallo.
"Se establece condenar por unanimidad a Pedro Pablo Mansilla por ser coautor de los delitos de privación ilegal de la libertad agravada por haber sido cometida bajo violencia física, imposición de tormentos agravados por tratarse de un perseguido político, de homicidio calificado por alevosía, todos en concurso real, por mayoría a la pena de prisión perpetua e inhabilitación absoluta perpetua", rezó el veredicto.
La algarabía que irrumpió en la sala fue rápidamente reprimida por el presidente del Tribunal, quien tras pedir silencio, dio el primer golpe a los familiares de Labolita. "Manteniendo por mayoría la prisión domiciliaria que viene cumpliendo a la fecha", leyó Jaraso.
Sin embargo, el mayor impacto, el que desestabilizó a todos los que aguardaban un fallo condenatorio para los dos llegó en el tercer punto de la resolución.
"Absolviendo por mayoría a Alejandro Guillermo Duret de los delitos de privación ilegal de la libertad agravada por haber sido cometida bajo violencia física, imposición de tormentos agravados por tratarse de un perseguido político, de homicidio calificado por alevosía", dijo el presidente del Tribunal.
Para peor, en el punto siguiente el tribunal ordenó "la inmediata libertad de Duret, que se hará efectiva en la Unidad Penal 44 de Batán en la que se encuentra actualmente alojado".
Gladys D'Alessandro, la viuda de Labolita, al término de la lectura de la sentencia, sufrió un shock y un desmayo y debió ser atendida en las oficinas interiores del tribunal. En tanto, el padre de Labolita, se preguntó sumido en una profunda congoja: "...¿cómo nos engañaron, eh? A uno lo dejan libre y el otro, que es un cacho de carne muriente, permiten que se vaya a su casa".
Apelación
El fiscal Daniel Adler aseguró que una vez que tengan acceso a los fundamentos interpondrá un recurso de casación. "Son casos complejos, si los fundamentos no nos convencen, lo cual es probable, vamos a recurrir este fallo, que por supuesto no nos deja satisfechos ni conformes, en absoluto".
Recién en cinco días las partes tendrán acceso a los fundamentos y se cree que de inmediato se realizaron los planteos jurídicos pertinentes.
Labolita era un militante de la Juventud Universitaria Peronista que fue secuestrado el 25 de abril de 1976 en la ciudad bonaerense de Las Flores, cuando tenía 24 años.
El joven, que además era empleado de la petroquímica de Berazategui, era amigo y compañero de militancia del ex presidente Néstor Kirchner y de la presidenta Cristina Fernández.
La desaparición de Labolita tuvo su origen cuando el 26 de marzo de 1976, el mismo día del golpe de estado, fue secuestrado en las Flores su padre, Carlos Orlando Labolita, quien permaneció en prisión hasta 1980.
Carlos Labolita hijo regresó a Las Flores con la intención de lograr la liberación de su padre pero, en cambio, fue detenido en la casa paterna y trasladado al regimiento de Azul, donde era jefe Mansilla con el grado de coronel y cumplía funciones de Inteligencia Duret, quien en ese entonces era teniente.
Cuando quedaba poca gente en la sala y todavía se respiraba un aire de conmoción el abogado Sivo dijo a LA CAPITAL: "Estoy asombrado, no veo nada acá, no veo nada que pusiera en duda la culpabilidad de los dos. No había elementos que podían generar una duda. Duret no era un personaje secundario, era el dueño de Las Flores. No era un cornalito, como él dijo. Está claro que no era así. Lo de Mansilla y su arresto domiciliario es una burla más. No puedo creer este fallo".
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